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Por: Pablo Leyva, especial para El Espectador
El fin de año se llena de comentarios autorizados sobre el crecimiento del PIB y el sentido de las variables macroeconómicas, y se concluye en extrañas contabilidades que al país no le fue bien, pero no tan mal, dadas las circunstancias. Reconocen que esto se debe a la disciplina y solidez de las instituciones, al debate franco entre los economistas; en fin, a la sensatez. Dejan sin embargo muchas dudas sobre los verdaderos efectos del deterioro de la economía y hacen algunos pronósticos no muy alentadores, otros convencionalmente esperanzadores.
Las instituciones económicas y el Estado, ajenos a un mundo que se mueve en dirección opuesta a los escenarios que desean, proyectan la ilusión de consolidar un “país moderno,” pero anacrónico. Parecen no aceptar que el crecimiento no asegura la sostenibilidad y que junto a otros 194 países acabamos de participar, en París, en un acuerdo sobre el clima, que lleva necesariamente a reestructurar nuestra matriz energética y toda la economía, en un proceso de transición ecológica, hacia un modelo de desarrollo sostenible, que además es necesario para consolidar la paz.
Dirigen el sector energético a una crisis cada vez más profunda. La locura de vender Isagen, las mentiras sobre El Quimbo, Termocandelaria y los absurdos subsidios por “confiabilidad” a las térmicas, el gas en la Costa Atlántica, la refinería de Cartagena con sobrecostos increíbles y expuesta al mar, las exploraciones petroleras que se propone acelerar para cuando se recuperen los precios del petróleo y el carbón que se espera seguir exportando, todo a pesar del compromiso de llegar a una economía “baja en carbono”. Esto hace al país vulnerable frente a fenómenos climáticos como El Niño y lo margina de la posibilidad de ser sostenible, desconociendo las señales del futuro desarrollo del mundo y los compromisos adquiridos internacionalmente.
Se requiere un sistema nacional ambiental comprometido y propositivo, institutos de investigación e información sólidos y un Ministro de Ambiente que pueda dialogar como interlocutor válido en los escenarios nacionales e internacionales. Y una Junta Ambiental conformada por científicos y personas competentes e independientes que equilibren y complementen las funciones del Banco de la República, el Ministerio de Hacienda, el DNP, el DANE y algunos sectores emprendedores. De tal forma que la economía no se olvide de la vida, no sea ajena a la complejidad y fragilidad del país y a las dinámicas ambientales del planeta.
* Exdirector del IDEAM