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La idea de construir sociedades modernas a partir de políticas que estimularan la migración europea fue adoptada por varios gobiernos sudamericanos durante los siglos XIX y XX.
Este propósito buscaba “civilizar” y “blanquear” a la población criolla tanto en su físico como en sus costumbres, y, al mismo tiempo, pretendía impulsar una especie de modernización material que condujese a la ocupación de áreas poco pobladas de nuestras repúblicas, estimular la realización de grandes obras como carreteras y puertos e impulsar el desarrollo minero y agrícola. El otro lado de esas medidas era que también buscaban restringir la migración no occidental, compuesta por árabes, chinos, gitanos, indios y norafricanos.
A diferencia de otros países sudamericanos, en Colombia la migración europea no alcanzó grandes proporciones. Ha dicho la investigadora Isabel Restrepo, en su ensayo Encuentro de dos mundos: la migración árabe en Colombia, que en 1939 los colombianos nacidos en el exterior nunca excedieron el 0,34% del total de la población. Sin embargo, entre los años 1890 y 1930 llegaron entre 5.000 y 10.000 árabes al territorio colombiano.
Uno de estos migrantes fue José Abuchaibe Awad, quien era natural de la localidad palestina de Betyala. Abuchaibe arribó a nuestro país por Puerto Colombia en mayo de 1904, cuando aún no había cumplido los 20 años de edad. Habiéndose establecido primero en Barranquilla, pronto sus actividades comerciales se expandieron a Santa Marta y Riohacha, en donde finalmente se estableció y amplió sus redes comerciales hacia el Caribe holandés.
Sus memorias, aunque breves e inexplicablemente inéditas, son una fuente singular para los estudios de historia empresarial en esta parte del Caribe colombiano. Ellas evidencian los meandros de la corrupción que debían surcar las iniciativas de estos emprendedores en las primeras décadas del siglo XX en un país que era y continúa siendo absurdamente centralizado. “Parece que mi destino fue siempre vencer dificultades”, escribe al señalar la injusticia del gobierno colombiano de la época que reglamentó la pesca de perlas e impuso el empleo de buzos con escafandras, lo que excluía a los buceadores indígenas de esa actividad y afectaba a los comerciantes árabes que participaban en ellas. Habiéndose abierto el remate de la pesca de perlas en Bogotá por parte del gobierno del presidente Holguín Jaramillo, pronto Abuchaibe descubrió y obtuvo documentos que probaban que todo estaba organizado para que la decisión favoreciese a un tal Salim Abumajad, personaje cercano y socio encubierto de quienes entonces ejercían el poder central. Con la ayuda de don Luis Cano, El Espectador de entonces denunció los hechos dando al traste con la maniobra fraudulenta oficial.
Gracias a don José Abuchaibe algunos pobladores de la Costa pudieron conocer los primeros hidroaviones. Éste viajó de Girardot a Barranquilla en tan sólo siete horas e impresionado contrató un vuelo a Santa Marta y Riohacha sólo para mostrarles a sus habitantes esta maravilla tecnológica. Debido al carácter visionario de su hermano Nicolás Abuchaibe, una especie de Melquíades árabe, los vecinos de esta última ciudad pudieron conocer también el hielo y el cine.
*Weildler Guerra
wilderguerra@gmail.com