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Haber vivido al lado de Lina Luna, actriz que hizo parte del elenco de Francisco el matemático, es algo digno de contar.
Eran los dos grandes perros cockers y la actitud fría y un poco egocéntrica de su dueña lo que enfurecían a medio edificio. Todos los del 301 daban de qué hablar: actriz hija de actriz y unas mascotas que a falta de una eran dos y por su peligrosidad parecían tener un gen alterado.
Lo que nadie imaginaba era que el menos vistoso del grupo familiar, Andrés Sepúlveda, un hombre calmado y de poco pelo, resultara opacando a su célebre esposa. Hasta hace unos cinco meses tenía más presencia una sombra que el susodicho, que por largo tiempo pasó inadvertido. Pero, ¡vaya sorpresa! Resultó siendo nada más y nada menos que el hacker de la campaña de Óscar Iván Zuluaga y el apartamento de la calle 125 con carrera 19, de no más de 100 metros, estaba adecuado como una sede de comunicaciones: Marketing Management Consulting.
No me explico cómo esas dos fieras caninas no destruyeron sus novedosos equipos y tampoco me cabe en la cabeza cómo desde aquel apartamento tal vez le siguieron el rastro a cuanto político consideraban “sospechoso” y a cuanto tema se abordó en La Habana. Lo único que termina preocupándome de todo este lío es que probablemente fui una víctima más de las chuzadas, pues a cinco pasos de su puerta debí caer en el radio de acción.
Apenas empezó a hacerse notoria ante los medios la oficina adaptada en su apartamento, Sepúlveda se esfumó. Luego me enteré de que cayó a La Picota. De Lina y sus perros nadie sabe para dónde se fueron. Me aterra el escándalo que se desató a raíz de la profesión que ejercía mi exvecino, pero aprovecho para darle las gracias por los quince minuticos de pantallazo que le dio al edificio.