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Ni paz, ni guerra: justicia

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Las guerras religiosas tienen antecedentes en Francia. Siempre son atroces porque se mata, se tortura en nombre de un Dios todopoderoso y que forzosamente tiene la razón. Fue el caso de siglo y medio después de la reforma protestante en tiempo de Calvino. Hoy, una fracción mínima de una comunidad musulmana proclamó de nuevo una guerra santa que no conoce el perdón.

En el trasfondo está el destino de un Medio Oriente colonizado hace un siglo por Francia e Inglaterra, potencias que trazaron las fronteras en función de sus intereses, particularmente petroleros. Además, una frontera se movió entre Palestina y el recién creado estado de Israel por vía de la fuerza.

La descolonización en el Magreb, Argelia, Marruecos, Túnez y Libia trajo a Francia, en búsqueda de una mano de obra barata y dócil, a miles de trabajadores venidos de estas colonias o excolonias. Hoy sus hijos y nietos, que viven la discriminación social, cultural y geográfica, sufren del ambiente de crisis que conocemos. Una fracción limitada de ellos se mostró sensible a las prédicas de la guerra santa que los lanza a una confusa revancha. Odian a quienes son diferentes; sin verdadero esfuerzo de fraternidad hacia la masa de la población, desencadenan un terrorismo feroz. ¿Cómo se les contesta? Por la guerra, la expulsión o un verdadero esfuerzo, a cierto plazo, en la educación y la inclusión.

Probablemente se mezcle una parte muy controlada de represión, que es lo que piden muchos, azuzados por fuerzas políticas y sociales, pero lo esencial será una reflexión de parte de las potencias para enderezar una política con la que querían seguir controlando esos dominios en función de sus intereses, haciendo y deshaciendo por la fuerza, como en el caso de la corrupción en Irán desde comienzos de los años cincuenta o la invasión a Irak tres décadas más tarde.

Los resultados han sido desastrosos, porque a esto se suma una interpretación de los tiempos de la Guerra Fría, cuya lógica ya no se evidencia, y es difícil volver atrás elementos de políticas internas e internacionales. Es preciso también volver a encontrar las bases de un laicismo racionalista que deje a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. No hay consenso sobre lo que se debería hacer, pero ojalá el pueblo francés sepa comprender al otro y extenderle la mano en medio de un conflicto. No por ser diferente, el otro es malo.

* Académico e historiador francés.

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