Nuevos callejeros

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Por: Alberto López de Mesa

El lunes 18 de junio, a las tres de la tarde, dos muchachos de 16 y 17 años atracaron un estudiante de la universidad INCA, la quitaron la billetera y salieron corriendo, no habían avanzado tres cuadras cuando los alcanzaron dos policías del cuadrante, los capturaron, recuperaron la prenda, pero la víctima no quiso poner ningún denuncio porque conocía que los muchachos eran hijos de la pareja de tumaqueños que venden piña y salpicón frente a la universidad. En efecto, los dos negritos y sus padres llegaron a Bogotá entre los muchos de los desplazados por las nuevas violencias que se viven en el sur del litoral pacífico, hoy viven en un pagadiarios y se rebuscan la vida en los azares de la calle.

El martes 19 , a las nueve de la noche, en la esquina nororiental de la calle 23 con avenida Caracas una jovencita venezolana fue degollada, dicen que lo hizo una prostituta de la zona indignada porque “la chama” le quitaba los clientes cobrando demasiado barato por sus servicios sexuales. Como la victima ya son muchas los venezolanos que deambulan por las calles de la capital, algunos se ubicaron en negocios que aprovechan su situación pagándoles una miserableza, otras, como “la Chama” se prostituyen y los que más limosnean en los buses o ya entraron en los avatares de las calles.

El miércoles 20, Orlado, un indígena Embera chami, fue maltratado por la policía porque se subió sin pagar, con su mujer y su hijito, a un bus de transmilenio. En los puentes peatonales de acceso a la Universidad Nacional, a cualquier hora del día, podemos ver a varias indígenas con hijos de las tribus Emberas catios y chamis desplazados por las mega obras y las bandas criminales que a sangre y fuego se apropiaron de sus tierras. Ya son miles los indígenas que han llegado a Bogotá, muchos de los cuales viven en vulnerabilidad extrema como pordioseros en las calles.

Cito estos casos porque de ellos me enteré en esta semana, pero sobre todo porque son una advertencia de las nuevas presencias en las calles de las ciudades capitales y especialmente en Bogotá, consecuencia de la tragedia que se viven en la Colombia rural: El dominio brutal que ejercen los ejércitos narcotraficatentes en todo el litoral pacífico, en el Darién, en el golfo de Urabá, en el Catatumbo, en el sur de Bolívar, el éxodo de venezolanos la gran mayoría en pobreza absoluta, el destierro de indígenas y campesinos por acciones dolosas que cumplen sobre las tierras la megaminería y los usurpadores, de todo esto los bogotanos creemos vivir ajenos y exentos pero en realidad las tristezas consecuentes ya se viven en las calles de la capital.

Siempre dije que el censo de habitantes de calle se basó en una caracterización errada, la alcaldía sigue con el paradigma de descifrar el mundo callejero solo desde la drogadicción, los habitantes de calle son adictos que por oprobios terminaron en la indigencia. Pero las nuevas poblaciones presentes en las calles no están allí por adictas, provienen de un drama nacional, por lo tanta ya es hora que la nación se involucre en el problema y que las ciudades capitales entiendan que la prevención de las migraciones forzadas nos compete a todos, nos obliga a tareas conjuntas.

La habitabilidad en calle va en incremento, las acciones de prevención del fenómeno son nimias, a las alcaldías no les interesa prepararse para acoger el éxodo de miserables que arroja la avaricia y la violencia rural. De lo contrario, muy pronto estaremos resolviendo la nueva realidad de nuestras calles con reacciones de la fuerza pública.

La problemática callejera debe ser asumida con acciones en todo el territorio nacional y las ciudades deben prepararse para acoger a los migrantes con atención suficiente de modo que las nuevas presencias no aumenten su vulnerabilidad ni afecten las dinámicas urbanas.

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