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Olímpicos y punto

Columnista invitado EE
25 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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En la antigua Grecia, para ser respetado por la sociedad el ciudadano debía hacer tránsito desde el estado de hombre-libre al de hombre-público, pero a través de los Juegos Olímpicos.

Esto le dio una inusitada importancia al deporte, que se fue desarrollando en las ciudades-estado de Grecia, que durante cuatro años alternaban sus rutinas entre las prácticas deportivas, la filosofía, la política, el arte y la guerra.

Cada cuatro años llegaba la gran contienda y a ella acudían los mejores jóvenes de todas las ciudades, en busca de una gloria exclusiva para el primero, recompensada con una corona de olivos, planta abundante en el Valle de Olimpia, y con el prestigio para seguir una carrera hacia la vida pública. Casi dos mil años después, la historia se repite. Cada cuatro años, a un lugar diferente del mundo acuden miles de atletas que se han preparado para buscar su consagración en los Juegos Olímpicos.

Asistir a los juegos es la primera meta y llena de orgullo a cualquier atleta. Ganar una medalla es la segunda y definitiva. Quienes la consiguen llegan a la cúspide de sus carreras y reciben unos beneficios que les aseguran su futuro. Por eso ha habido tantos reconocimientos a nuestros ocho medallistas, que son elevados a la categoría de dioses de un Olimpo imaginario poblado por los mejores atletas de la historia universal.

En 2012, nada se recuerda con más agrado que los nombres de Usain Bolt, Michael Phelps, Missy Franklin, Mohammed Farah, Catherine Ibargüen, Chris Hoy, Serena Williams y Mariana Pajón, entre muchos héroes, que deslumbraron al mundo. Ellos y otros cruzaron el umbral de lo imposible y alcanzaron la categoría de inmortales, destinada a quienes sacrificaron sus vidas durante cuatro años en pos de una gloria alcanzada.

Sin embargo, en este momento, cuando apenas celebran sus triunfos y recogen la cosecha cultivada, algunas federaciones internacionales programan mundiales y proclaman nuevos reyes, que desdibujan las imágenes de los medallistas olímpicos, construidas con tanto sacrificio y grado de dificultad.

Realizar mundiales después de los Olímpicos es un irrespeto para los medallistas, que deben asistir para refrendar sus logros.

Vale la pena seguir el ejemplo de la Federación Internacional de Atletismo, que celebra sus mundiales cada dos años y no coinciden con el año de los Olímpicos, que queda reservado para aclamar a los mejores, de acuerdo con la tradición.

Nuestra propuesta es que en el año de los Juegos Olímpicos, los únicos atletas que deben ser considerados campeones mundiales son aquellos que se consagran en los más exigentes escenarios, los de los Juegos Olímpicos.

* Ciro Solano

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