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Aunque sea doloroso e incómodo tenemos que decirlo, aunque la noticia dure sólo algunos días en los medios y luego todos pasemos a otra catástrofe coyuntural que atraviese nuestra cortísima memoria.
No es que a los detractores a ultranza de la adopción igualitaria les importe en realidad el futuro de los niños que están esperando por una familia; tampoco están interesados en el entorno afectivo de un hogar y una vida digna para esos pequeños. Es más, muy pocos están dispuestos a ceder alguna suma para garantizarles educación o salud, y, si lo vemos aún más cerca, nunca han pisado uno de los centros en donde viven los niños. A pesar de esto se han escudado en ellos. Todos, de un momento a otro, se convirtieron en expertos en los derechos de la niñez y se armaron de argumentos que no comprendían bien pero repitieron una y otra vez.
La realidad es otra, la realidad es que somos incapaces de darle una mirada laica y limpia al tema de los derechos de la comunidad LGBTI. La pura verdad es que nos quedó grande el desafío de superar la Edad Media y entender que la diversidad sexual es tan antigua como la existencia misma de la humanidad. La verdad, y sin mentirnos más, es que seguimos siendo ese tipo de ciudadanos escondidos detrás de camándulas que expíen los pecados que vamos dejando regados por ahí.
La verdad, y sin más tapujos, es que somos unos amañados dentro de las prácticas machistas, porque preferimos que los niños se lancen al vacío, suicidándose, presionados por la persecución a su disidencia sexual, a que tengan una familia conformada por seres humanos de cualquier sexo. Les enseñamos a discriminar y ver al otro como extraño, les seguimos diciendo que no pueden ser gais, lesbianas o transgeneristas porque eso es de enfermos y, por si fuera poco, hacemos de su cuerpo un tabú, les mostramos la masturbación como negativa y los llenamos de prejuicios y miedos.
Así, lo que sucedió con la adopción igualitaria en Colombia no puede verse como una pérdida para la comunidad LGBTI o una victoria para los sectores más conservadores del país, porque la verdad es que perdimos todos. Ratificamos la legitimación del machismo, la imposición de la heterosexualidad obligatoria y la discriminación para quien se salga de la norma. Afirmamos el sostenimiento de una sociedad menos equitativa, pero eso sí, más rezandera.
*Ángela Martin Laiton