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Pachito el che y el agua tibia

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Es cierto, las recientes declaraciones y posiciones del papa Francisco son alentadoras…pero no sorprendentes. ¡Lo que sí es sorprendente es que nos sorprendan tanto!

Es preocupante que nos parezca extraordinario que el Santo Padre tome partido por causas que siempre han debido ser las banderas fundamentales de una religión que se autoproclama aliada de los más pobres y los más débiles. Lo que pasa es que el Vaticano ha vivido de espaldas a esas banderas, o mejor, enarbolándolas con una mano y con la otra haciendo y defendiendo exactamente lo contrario. “Primero entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos” parafraseaba Benedicto XVI al Mesías, mientras calzaba sus babuchas Prada y lucía sus estolas de armiño… ¡La religión de la doble, triple, cuádruple moral! Siempre lo he pensado: el catolicismo es al cristianismo lo que el stalinismo al marxismo: una distorsión, una traición, un instrumento de dominación.

Y voy a nombrar sólo algunas de las que considero traiciones al pensamiento cristiano y que, de alguna forma, me han dictado una serie de mandamientos éticos que, a su vez, me llevaron a abjurar de esta religión, que me atrevería a llamar el reino de la hipocresía, la crueldad y la exclusión. Sobre casi todos estos temas ha comenzado Francisco a lanzar dardos de sensatez y de coherencia, ¡beato él!, poniendo incluso en riesgo su propia vida…lo que quizás fue el caso de Juan Pablo I, según afirman muchas versiones.

“¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?” ha dicho el papa, el líder de la iglesia donde quizás haya más homosexuales (hombres y mujeres) parapetados detrás de sotanas y doctrinas durante siglos… Seguir exigiendo, a curas y monjas, el celibato (hetero/homosexual) es una forma anacrónica e inhumana de seguir fomentando la represión, la frustración, la negación del cuerpo y, por ende, las perversiones —la pedofilia entre ellas— y demás distorsiones de la sexualidad humana. Y es justamente en este terreno donde más ha querido siempre pontificar la Iglesia: la sexualidad humana… Alguna vez leí una pancarta en una manifestación pro aborto: “si ustedes (supuestamente) no hacen el juego ¡no hagan las reglas!” (el paréntesis es mío). Si alguien ha ensuciado, velado y reprimido el cuerpo y la sexualidad, ha sido la Iglesia católica. “Es hora de cambiar”, como dice el cantautor paisa…. “It’s time to change”.

¿Y qué decir de la posición de la Iglesia frente a las mujeres? Seres humanos de segunda, esta es la verdad. ¿Ordenar mujeres sacerdotes? ¡Ni de riesgo! Este es el terreno de la hegemonía machista. Darles a ellas este poder sería debilitar el corazón mismo de la estructura. Y, por supuesto, no hablemos del cuerpo de las mujeres y de su derecho —inalienable— a decidir si quieren dar a luz un hijo o no. El aborto es considerado un crimen que se equipara al asesinato: ni siquiera un asomo de humanidad en casos tan extremos y aberrantes como un embarazo por violación o ante la certeza científica de un feto enfermo o deforme que va a sufrir y hacer sufrir toda la vida: “…es la voluntad y el plan misterioso de Dios…”, dicen ellos.

Y para seguir en el terreno de la sexualidad, que pareciera ser el que más morbo le produce a la Iglesia, hablemos de la negativa de avalar el uso del condón como un mecanismo comprobado para evitar la excesiva reproducción y la transmisión de enfermedades. En un continente como el africano, que se ahoga y se pudre en la superpoblación, el SIDA, el ébola, el hambre, entre otras plagas, estigmatizar el uso del condón es un pecado, ¡ese sí un auténtico pecado!: una infamia y un crimen, que no dudaría en calificar de lesa humanidad.

Ni siquiera la Iglesia flexibiliza sus posiciones frente a los sufrimientos indecibles de los enfermos terminales. ¿La eutanasia?: otro crimen, ¿el derecho a la muerte digna?: una afrenta a la voluntad de Dios. Pero, ¡¿de cuál Dios nos están hablando, por Dios?!: ¿Del creador misericordioso que nos ama, pues nos creó a su imagen y semejanza o de ese juez implacable y cruel que nos da la vida, pero que en muchos casos nos la quita con enfermedades y tormentos terribles y dolorosos? Y en este orden de ideas está el suicidio: ese sí el más sagrado, íntimo, respetable e inalienable de los derechos humanos. Tampoco tuvieron los suicidas durante siglos el derecho a ser enterrados en un camposanto…

Y ya para cerrar este memorial de agravios… El papa (con gran pragmatismo pues está viendo cómo huyen en desbandada hacia otras iglesias los desencantados) está tratando de sintonizar de nuevo a la Iglesia con el mensaje social y político de Cristo, en lo que tiene que ver con la solidaridad con los más desposeídos y vulnerables del planeta. Desde los palacios y los lujos vaticanos —a pesar de sus arrugados zapatos negros y de su rechazo al “papamóvil”—, Francisco I (el Pepe Mujica de la Iglesia, en el mejor de los casos) está reviviendo en buena hora el mensaje del pobrecito de Asís: los miserables de la Tierra y la vulnerabilidad de la Naturaleza deben ser prioridades de su doctrina, si quiere que ésta sobreviva como doctrina y no como un catálogo de incoherencias, contradicciones y mentiras.

Bienvenidas entonces las rectificaciones, las contriciones y los propósitos de enmienda por parte del jefe de una religión que a muchos nos aterrorizó, confundió y, por último, alejó por sus mensajes equívocos y sus verdades oscuras y a medias.

*Álvaro Restrepo, Director del Colegio del Cuerpo.

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