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Poetas ardientes

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El terrible Eros, el dios de la atracción sexual que dejaba fluir las pasiones en cualquier dirección, tocó el corazón y la piel de dos ciudadanos griegos, una mujer y un hombre, que en distintos momentos de la Antigüedad, quedaron atrapados por la poesía.

Deinos Eros, deinos, “Terrible Eros, terrible”, escribía Meleagro, uno de los más calientes poetas de la Antigüedad, tentado primero por el amor homosexual y después por una bella cortesana llamada Heliodora. En sus epigramas románticos y apasionados evoca a su amigo Myiskos y a otros muchachos: “Ante mí brilla la antorcha de un hermoso muchacho. Le sigo paso a paso, y tanteando las amables formas en el aire, le beso dulcemente con mis labios”. Pero las dudas sobre su condición homosexual lo acosan ante la belleza de la mujer. “Cipris me lanza llamas de femenino amor, y Eros me inspira deseos masculinos. ¿A quién sigo? ¿Al chico o a su madre?”. Llega Heliodora y se enciende plenamente la llama. “Ya no escribiré que Terón es hermoso, ni Apolódoto como el fuego brillante, y ahora solo rescoldo. Prefiero el amor femenino”. Y llegaron los celos con la amada. Le pide a la Noche que un cliente quede impotente: “(…) querida Noche, madre de los dioses, desvergonzada compañera de orgías, te suplico: si alguien entre las sábanas de Heliodora entra en calor y olvida el sueño contra su piel, que se duerma la lámpara y sea nuevo Endimión en el regazo de la mujer donde reposa”. Es decir, le pide a la diosa que el hombre sea vencido por el sueño sin actuar. Meleagro representa una época de la Grecia clásica en la que la pederastia no era un delito y sí una institución con límite de edad para no ser penalizada. Cinco siglos antes de Cristo y de Meleagro, una mujer dejaba un legado erótico del que sólo sobreviven algunas odas mutiladas. Nacida en la isla volcánica de Lesbos, Safo, al igual que Meleagro pero desde la feminidad, le cantó al amor en sus dos direcciones. Le cantó al esposo y a sus amigas Athis, Telesipa y Megara. En sus fragmentos poéticos confesó sin ambages su homosexualidad: “me enamoré de ti, Athis, hace mucho tiempo. Y me parecías sin gracia, como una niña pequeña”. Pero también se confiesa heterosexual: “Esposo afortunado, como lo deseabas, consumaste el matrimonio y posees a la virgen”. De su pasión desbordada quedaron líneas como estas: “El sudor corre por mi cuerpo, me estremece un escalofrío; me vuelvo más verde que la hierba, ya falta poco, me siento morir”. Safo y Meleagro representan un mundo sometido por la fuerza vital del erotismo.  *Alberto Medina López

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