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Una tarde, en medio de las ferias y fiestas de un pueblo en algún lugar de Colombia, mi papá compró entradas para una corrida de toros.
No recuerdo la edad que tenía, pero era una niña. Mi mamá frunció el ceño, alegó un par de cosas y al final accedió a entrar. Para ser sincera, no tenía idea de qué era lo que íbamos a ver, pero me sentí emocionada antes de la partida por ver a todas esas personas tan enérgicas, un hombre vestido de amarillo con una gran capa roja y todo el mundo gritando como si el espectáculo que iba a empezar hiciera vibrar todas las fibras de su cuerpo. Salió un toro maravilloso, grande y hermoso, que en principio no se mostró interesado por el torero. Luego empezó una especie de baile entre estos dos y la gente en la tribuna subía aún más el tono de su voz. Un hombre a mi lado, absolutamente embriagado, empezó a gritar: “¡Oreja, oreja, oreja!”, y cuando volví mi vista al toro, estaba lleno de sangre, con una banderilla enterrada en la cerviz, a la que se fueron sumando otras cuantas. Empecé a gritar y a llorar mientras le preguntaba a mi papá por qué era divertido ver morir un toro. Nunca volvimos a esos espectáculos y él nunca me supo responder.
En días pasados corría por mis redes sociales el video de un toro que masacraban en medio de las corralejas en el departamento de Bolívar. Vi entonces esa misma ola de energía que me llevó a mi niñez y vi los ojos de esos espectadores de entonces, ansiosos de lo que, hoy comprendo, sólo puede definirse como violencia. Muchos defensores de estas tradiciones me dirán que la tauromaquia y las corralejas no tienen nada que ver; dirán los más académicos que es una tradición popular a la que hay que defender; me han argumentado que si no gusto de estos espectáculos, lo mejor es que no vaya.
Pero el sentido mismo de todo esto va mucho más allá, es una cuestión cultural en la que se disfruta plenamente la muerte violenta de otro, es un guiño de satisfacción ante el dolor y el sufrimiento que escondemos en nuestros argumentos humanos arrogantes, según los cuales creemos que somos dueños de la naturaleza y disponemos de ella, pormenorizando el dolor de animales que consideramos inferiores. No se trata solamente del caso específico de la tauromaquia, pero ésta es un gran ejemplo de la obstinada forma como vemos el planeta, de nuestra incapacidad de reconocernos como habitantes del mundo que para su propia supervivencia deberían compartir la tierra alrededor del culto a la vida, entender la importancia y el sentido de la tierra, la razón por la que coexistimos tantos seres aquí y por la que no deberíamos abusar, esclavizar y asesinar a los demás animales. Si con humildad podemos reflexionar sobre esto, e intentamos poner la vida como centro de la organización social, política y económica en cualquier parte del mundo, seremos capaces de abandonar la inequidad, la injusticia y la muerte, entendiendo que también son respetadas tradiciones humanas tan absurdas como nuestra sólida argumentación para estos actos violentos.
*Ángela Martin Laiton