Porfiar en la paz

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Por: Alberto López de Mesa

Desde que El Espectador me invitó, hace dos años, a escribir semanalmente esta columna, me he ocupado una decena de veces en hablar sobre la paz y esta vez insisto en ello, tal vez con la ilusa esperanza de incidir, al menos en mis lectores, para que valoremos y no dejemos malograr la oportunidad de consumar un proceso de paz posible.

Ya está visto que con los acuerdos pactados en La Habana entre la Farc y el Gobierno, de la guerrilla más antigua y numerosa del país, ante la veeduría de la ONU y de testigos internacionales, los milicianos se desmovilizaron en un ochenta por ciento y entregaron siete mil trescientas armas. Esto, comparado con otros procesos de paz en el mundo, es un acto importantísimo y si además consideramos que un grupo de desmovilizados, con asesoría del SENA y acompañamiento del Ministerio del Trabajo a través de organizaciones solidarias, crearon la cooperativa ECOMUN, otros en las zonas veredales, sin recibir aún todo el apoyo prometido por el gobierno, sin que les hayan llegado los dineros de donaciones internacionales para el pos conflicto, han asumido acciones de auto gestión, se les ve sembrando, reconstruyendo caminos, haciendo puentes artesanales, emplazándose con dignidad y esperanzados en que se los acoja y se les permita reintegrarse a la vida civil.

Reconozco que la paz en su complejidad y más con una historia de seis décadas en guerra, requiere de la conciencia colectiva, requiere que militares y civiles demostremos un altísimo grado de nobleza, de bondad para con nuestros descendientes, de sensatez y de racionalidad para aprovechar esta oportunidad que nos presta la historia y a partir de ahora construirnos como un sociedad equitativa, abierta a la participación de todas las creencias, de todas las etnias, de todas las regiones.

Pero en realidad este anhelo es una ilusión. Empezando por las maniobras con guantes del presidente, de quien todos esperamos unas acciones contundentes en honor al premio Nobel que recibió y para garantizar la perpetuidad de la obra que inició, lo que vemos es que deja el proceso al garete, frágil ante las afrentas de los que persisten en el odio, descuidado al colmo que propicia que los que manejan el presupuesto de la paz lo malversen o se lo roben, cede a las presiones de una oposición malintencionada y no logra disimular que también tiene su rabo de paja oculto bajo el sacoleva. Los congresistas, muchos de los cuales fueron artífices de los horrores del conflicto, sabiéndose implicados aprovechan la instancia legislativa para reforzar su inmunidad, y lesionan y desvirtúan la Justicia Especial para la Paz, porque no les conviene arriesgarse a la indagación.

Ahora participa la policía internacional, la DEA y la INTERPOL, resentidas por toda la cocaína que les entró a Estados Unidos y Europa, no les convence que un proceso de paz ajeno deje impune a sus perseguidos, hacen un extraño operativo y sin demostrar que exista realmente un cargamento de 10 toneladas de coca, apoyados en un testigo infiltrado y en una conversación cifrada y en clave, piden a Santrich en extradición, enseguida el Fiscal que nunca se ha mostrado condescendiente con el proceso de paz, que ya se ha equivocado acusando de testaferros de las Farc a dos comerciantes honrados, ante un llamado del imperio, corre obediente como fiscal subdesarrollado, sin exigir un debido proceso, sin prever que una captura de uno de los congresistas ex guerrillero puede generar desconfianza en los desmovilizados, abona una confusión general en toda la población, o de pronto es eso lo que busca para favorecer en tiempos de campaña a los candidatos enemigos de los acuerdos con las Farc.

Entre tanto muchas guerras se libran en las selvas, todas atizadas por el narcotráfico, ya se rumora la participación de mafias internacionales, ya se ve la fortaleza que han venido ganando los disidentes que secuestran, trafican, intimidan poblaciones y crecen en número, en armas, en peligrosidad.

Detrás de esta sonata de la muerte están las trompetas con sordina de los negociantes de armas, de los furtivos animadores de la guerra que han vivido y seguirán viviendo de ella, que tienen en Colombia a su mejor cliente en Sur América.

Nosotros, los románticos pacifistas, que aun creemos en una paz posible, nos corresponde insistir en defender los acuerdos, el proceso que ya inició, que al menos es un paso saludable en este pandemonio de intereses y desquicios.

Por ahora, aspiremos a que la mayoría de los colombianos votemos el 27 de mayo por un candidato a la presidencia comprometido con defender los acuerdos de la Habana y que procure la paz con justicia social. 

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