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¿Qué hacemos después del plebiscito?

Columnista invitado EE
29 de septiembre de 2016 – 07:48 p. m.

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Es paradójico, pero no se recuerda en Colombia una campaña política que haya suscitado tantos desencuentros y pasiones entre ciudadanos como la del plebiscito del domingo 2 de octubre. Cualquiera se siente atemorizado con las manifestaciones de intolerancia, los excesos verbales y el mal humor a flor de piel de estos días.

Por: Néstor Osuna Patiño

Pero a pesar del acaloramiento, hay que reconocer que ha sido una campaña sin muertos y sin amenaza de armas, y eso ya es ganancia y novedad en este país. Por supuesto que sería estupendo que una controversia eminentemente política como la que tenemos en frente consistiera en un escrutinio de argumentos sensatos y contrastables, sin la dosis de desinformación, tremendismo y el rio de sandeces que ahora se han difundido, pero en medio de ese panorama no deja de ser alentador que al menos el próximo lunes seguiremos aquí, todos vivos, y tendremos la oportunidad de buscar un mejor tono discursivo para resolver en adelante nuestras diferencias y antipatías.

En últimas, la democracia no es otra cosa que un mecanismo pacífico para tomar decisiones entre gente que apenas está de acuerdo en unos mínimos. Podemos, eso sí, construir una democracia de mejor calidad, y eso solo se logra con la práctica. Por supuesto que a los líderes de la opinión les corresponde una responsabilidad especial en esta materia, pero incluso a pesar de ellos, en últimas es la propia ciudadanía la que decide entre la moderación o el extremismo, la razón o las pasiones, la libertad o el miedo, el belicismo o el pacifismo, y es así como se va marcando el rasero del discurso democrático.

El próximo lunes, después del plebiscito, tendremos que seguirnos encontrando con aquellos vecinos con los que casi nos fuimos a las manos por el “sí” o por el “no”, y seguirán ahí las redes sociales en las que tanto rencor se vertió en este mes, pero gracias a las cuales nos comunicamos de un modo nunca antes visto, y al llegar al trabajo tendremos que sentarnos al lado de quien nos revolvía el estómago con sus afirmaciones sobre lo acordado en La Habana. A lo mejor, más allá de que asumir que el episodio ya pasó y que sirvió para refrendar una decisión importante, aprovechemos para constatar que podemos seguir en desacuerdo, pero que el resentimiento y la ira no tienen mayor sentido ni utilidad. Después de ese gran paso que se ha dado en nuestro país, como es el de desactivar el conflicto armado más viejo del mundo y prometer hacer política sin armas, no estaría nada mal que avanzáramos también en el sentido de hacerla sin la amargura y los fanatismos que afloraron en esta ocasión. ¡Eso sería un buen valor agregado a la decisión que se tomó!

En cualquier caso, sería deseable que en el futuro se morigeraran los términos de los debates e hiciéramos un esfuerzo por serenar los espíritus, y lo digo a pesar de estar convencido de que una de las características más visibles de nuestra sociedad es la tendencia a la exageración romántica. Porque, admitámoslo: si hay algo cierto en nuestra historia es que con facilidad hemos transitado del discurso incendiario a la violencia física, de la intransigencia al homicidio y de la intolerancia política a la guerra civil. Qué bueno si con ocasión de este acuerdo de paz desterramos todo lo anterior de una vez para siempre. Una democracia mejor nos permitirá construir, sin duda, un futuro más decente.

Profesor de derecho constitucional
Twitter: @osunanestor

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