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¿Quién dijo postre?

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Bien lo decía Antoine Carême, chef y constructor de pasteles francés, cocinero del zar Alejandro I de Rusia, de Jorge IV de Inglaterra y hasta del barón Rothschild: “Las bellas artes son cinco, a saber: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura, la cual tiene como rama principalísima la pastelería”.

Por algo el arte de la culinaria dulce es reservada para cerrar “con broche de oro” y ponerle punto final a toda experiencia gastronómica alrededor del mundo, además de una explicación lógica, y es que si consumimos sabores dulces antes del plato fuerte sellaremos nuestro apetito, privándonos de continuar con la aventura gastronómica en cuestión.

Siempre he admirado a los arquitectos de la pastelería y de la chocolatería, que como Carême se esfuerzan por dar lo mejor de sí como profesionales y como seres humanos, y lo plasman de manera sabia y exquisita en esos “dulces bocados de cielo” que nos antojan y nos reconfortan. Dedican horas a preparaciones refinadas que se asemejan más a piezas de alta joyería y de bisutería que a bocados que brindan felicidad etérea, y los he visto sufrir cada vez que se les quema un hojaldre o arruinan una salsa. Cómo recuerdo esas caras largas de decepción con ellos mismos al cometer un error.

Por otro lado, siempre me he cuestionado de qué sirve tanto esfuerzo y dedicación para que el comensal, sin pena ni gloria, devore su obra de arte y “no le tiemble la mano” al insertarle el tenedor en el centro de su corazón. Es devastador observar cómo, mientras conversamos y disfrutamos del momento, entre chatear y subir fotos a Instagram, no disponemos de un minuto de reflexión para disfrutar con conciencia el producto de alguien que se ha esforzado tanto por entregarnos una muestra de su perfección, y mucho menos para agradecerle al pastelero por su tiempo y dedicación.

Por eso, la próxima vez que tengan un postre al frente, ¡no lo ataquen inmediatamente con cuchara y tenedor! Primero, admiren su composición, ¡eviten verlo con ojos de comensal hambriento! Por más que se les haga “agua la boca”, deténganse a observarlo con conciencia, a admirarlo, a detallar su delicadeza, a comprender los procesos, las historias que quiere contarnos, y lo más importante, a valorar a las personas “tras bambalinas” encargadas de confeccionarlo con manos perfeccionistas.

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