Regresar a fumigar con glifosato: ¿A lo bien?

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Por: John Edward Myers* 

Retomar la fumigación con glifosato en Colombia para reducir la producción de los cultivos ilícitos es una solución zombie. 

Para empezar, y sin analizar el teatro político que transcurrió frente la Corte Constitucional el 7 de marzo, ¿por qué no consideramos las razones por las cuales los cultivos ilícitos de coca existen en primer lugar?

Primero, dichos cultivos ilícitos existen y persisten por la presencia de un mercado internacional de 18 millones de personas, impulsado por una demanda insaciable e inélastica, que paga con dólares.

Segundo, los cultivos ilícitos en Colombia abundarán siempre y cuando no haya presencia del Estado.

Y tercero, la producción de los cultivos ilícitos siempre será la actividad económica más rentable en las áreas rurales si no hay alternativas económicas viables. 

La pregunta es entonces: ¿cuáles de estas problemáticas queremos abordar con la aspersión de un herbicida desde un drone o avioneta? La respuesta es ninguna. La aspersión con glifosato nunca logrará reducir la demanda de cocaína ni en los Estados Unidos ni en Europa. Esto se hace con soluciones que atacan la demanda, como la educación social para la prevención y el tratamiento para adictos.

Fumigaciones ejecutadas por contratistas gringos y/o militares colombianos nunca podrán reemplazar el impacto de una buena labor de policías, maestros y funcionarios públicos. Y finalmente, cualquier persona que conozca vagamente la realidad de la problemática de los cultivos ilícitos en Colombia sabe que si no se plantean e implementan alternativas económicas viables, dignas y sostenibles, la producción de los cultivos ilícitos y el narcotráfico seguirán siendo la ley del monte. 

Haciendo una retrospectiva, un análisis comprensivo de estudios científicos, económicos y políticos realizados entre los 1990 y 2015, los años del Plan Colombia, muestra que los programas de fumigación con glifosato han implicado costos económicos, sociales y ambientales extremadamente altos sin lograr demostrar avances significativos en el éxito de su implementación, ni mucho menos que sean sostenibles en cuanto la erradicación de coca. Para los que quieren debatir la efectividad de los resultados del período mencionado, les recomiendo el tremendo y juicioso análisis de Adam Isacson, de Washington Office on Latin America (WOLA), y su reciente resumen Restarting Aerial Fumigation of Drug Crops in Colombia is a Mistake.

Para evitar el error de regresar al pasado es fundamental no repetir el fracaso de las fumigaciones con glifosato otra vez, sino hacer algo diferente, nuevo e innovador. En este caso algo diferente debería ser:

1) Fomentar la industrialización de la coca como un producto agrícola.

2) Apostar seriamente a la paz y el turismo. 

Imaginemos por un un momento ¿cuánto pagarían los gringos por una libra de mambe en Whole Foods, la absurdamente cara y simultáneamente espectacular cadena de mercados verdes en los Estados Unidos? Sin la menor duda, la hoja de coca, debido al gran valor nutritivo y medicinal que tiene, entre varios otros factores, tiene una potencia económica lícita casi incomprensible.

Desestigmatizar, descriminalizar y regular la coca seguramente es un camino largo, y requeriría de un esfuerzo internacional, pero a largo plazo los beneficios serían mayores y sustentables, los costos humanos, ambientales y económicos menores y, seamos  honestos, sería una jugada mucho menos ridícula que la aspersión de un herbicida posiblemente cancerígeno.

En 2017, el turismo, por primera vez, asumió el segundo lugar del país como fuente de ingresos internacionales después del petróleo, pero antes de la minería, el café, las flores y el banano.

Si el turismo es el verdadero “nuevo petróleo” de la economía naranja, las áreas rurales, históricamente abandonados por el Estado, tienen que ser priorizadas para el desarrollo y la paz, generando las condiciones básicas que requiere el desarrollo turístico.

A estas alturas, espero que todos sepamos que Colombia es un país megadiverso y que, entre tantas maravillas, es el país de las aves. (Si no han visto el tremendo documental The Birders, que trata de la ruta de observación de aves del Caribe / Northern Colombia Birding Trail, pueden verlo en YouTube)

Entre las tragedias más grandes que implicará volver a la fumigación está la siguiente: podría ser el comienzo del fin del boom turístico.

El estudio La Paz es mucho más que palomas, publicado en Global Development el año pasado, revela la importancia de las motivaciónes y preocupaciones de los potenciales visitantes. Dentro de las motivaciones para venir a Colombia, la mayoría de los casi 5.000 encuestados indicaron que contribuir a un proceso de paz a través del desarrollo económico era un factor muy importante en su decision, mientras los mismos encuestados dijeron que su preocupación número uno era la situación de seguridad.

Y es más, el aviturismo es solo la punta del iceberg. Además de los pajareros, existe un mundo de aventureros, montañistas, ciclistas, buzos, pescadores recreativos, foodies y amantes de la música, la cultura y las artes que están, o por lo menos estaban, listos para venir a conocer este gran país. En este mundo del turismo internacional, la percepción es realidad. Los asesinatos de lideres sociales combinado con el acto de terrorismo que afectó la capital en Febrero ya han empezado a generar suficientes ruidos para poner el mercado de los visitantes bastante quisquilloso. 

Volver a la fumigación es volver al conflicto y mostrar tanto a los colombianos como al mundo entero que este Gobierno no está tratando la implementación de la paz con seriedad, sino resucitando un zombie.  

* Conservacionista, pajarero y atleta de montaña. Actualmente trabaja para Conservación Internacional Colombia como especialista en innovación social. Las opiniones expresadas son suyas. 

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