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Hace algún tiempo escribí en estas mismas páginas un artículo en el que dividía, siempre a beneficio de inventario, las naciones de América Latina en las tres categorías del título, y con la racha de elecciones presidenciales de los últimos tiempos cabría hacer un nuevo balance de las ‘afiliaciones’ a esos tres bloques.
En mi planteamiento ‘renovación’ sería no cambiar de curso, pero hacer las cosas mejor que las administraciones precedentes; reestructuración implicaría reformas profundas, pero no un cambio de campo en lo tocante a las relaciones de sociedad y Estado; y revolución, un cambio de campo en alguna esfera esencial de la vida pública.
Colombia y Chile siguen hoy en el territorio de la ‘renovación’, pero si sus proyectos respectivos dan fruto, en el caso de Bogotá con el proceso de paz, y en el de Santiago con la conmoción que pretende provocar la reforma tributaria y la gratuidad de toda la enseñanza pública, nos hallaríamos ante una reestructuración. En ambos casos, el colombiano mucho más arduo, puesto que con la firma de la paz no acaba sino que empieza la verdadera epopeya de transformación, entraríamos en el terreno de lo reestructurable. Santiago y Bogotá aspirarían, por tanto, a algún grado de refundación. Chile desde el centro-izquierda y Colombia, del centro-derecha, seguirían siendo países liberal capitalistas, pero el primero acentuaría su contenido social demócrata y el segundo emprendería una modernización de funcionamiento que, con guerrilla o sin ella, le hace tanta falta como el aire que se respira.
Brasil, donde la señora Rousseff acaba de ser reelegida, lleva desde 2002, con la primera investidura de Lula, en el campo de la reestructuración que, no por ello deja de estar necesitada de reformas, fiscal, educativa y sobre todo política, en un país donde hay 28 partidos en el parlamento, lo que obliga a una cultura de la alianza que no siempre tiene sentido ni es manejable. La presidenta, de izquierda moderada, querría ir más allá de una transformación, hasta ahora básicamente conseguida por la vía del subsidio, a unos planteamientos más estructurales. México, con el presidente Peña Nieto, intenta meter a su país en esa pretensión reestructuradora y sobre el papel ha dado ya un fuerte empellón tanto fiscal, educativo, energético, y hasta político, pero sin una mejora radical de la seguridad ciudadana nada de eso va a parecerle suficiente al país. Por último, Venezuela y Argentina yo diría que chapotean en la reestructuración, sin que esté del todo claro hacia dónde van. En el caso de la presidenta Cristina Fernández, quizá con un próximo futuro sin el peronismo en el poder, estaríamos también ante una reestructuración, pero en sentido contrario; y en el de Nicolás Maduro no creo que ni él mismo sepa hacia dónde le llevan los graves problemas económicos derivados de la caída del precio del crudo. Ni con el desaparecido Hugo Chávez, ni mucho menos con su sucesor, Venezuela ha hecho una revolución, cualesquiera que sean las declaraciones de la presidencia o del pajarito en ese sentido, sino una tentativa de fabricar un capitalismo monopolista y enfeudado al poder chavista, la llamada ‘boli-burguesía’.
La única revolución, más o menos en marcha, es la del boliviano Evo Morales; con las nacionalizaciones de las riquezas del subsuelo por el presidente indígena —tanto si lo es como si no, esa su gran vitola política— Bolivia entró de lleno en una profunda y positiva reestructuración, que da muestras de haber llegado a su fin o de tomarse un largo respiro por las excelentes relaciones que La Paz persigue con los grandes inversores internacionales; el camino revolucionario iba, sin embargo, por otros derroteros: la recuperación de todo el acervo cultural y antropológico precolombino, con las jaculatorias del ‘vivir bien’, la convivencia —difícil— entre democracia occidental y sistema comunitario, y la equiparación de oportunidades entre las 36 etnias e idiomas que reinan en el pueblo indígena, con el español, que inevitablemente Bolivia necesita para entenderse con el mundo. Si, apretando solo un botón, Evo Morales pudiera hacer el milagro de que cara al exterior el país hablara español y en casa sí predominaran las culturas propias de la Pachamama, estoy persuadido de que no vacilaría en hacerlo. Pero importantes voces como la del expresidente Carlos Mesa creen que esa oportunidad ya no existe. La plurinacionalidad boliviana amenazaría con ser una cacofonía.
Esa es la verdadera división de América Latina, más que las declaraciones puramente ideológicas; es un mundo que ha emergido con fuerza en la política internacional de 20 años a esta parte y aún tiene que decidir qué quiere ser de mayor. España debería estar atenta.