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Las dramáticas imágenes difundidas por los medios nacionales sobre la prolongada sequía en el Casanare han sacudido emocionalmente a gran parte de los colombianos.
Vastas extensiones de antiguos y verdes pastizales se vieron convertidas en postales desérticas que comúnmente asociamos con el norte de África y no con las fecundas llanuras orientales. Las fotografías de bovinos, chigüiros, caimanes y tortugas muertos crearon una sensación de catástrofe ambiental que desembocó en medidas gubernamentales como el envío de vehículos cisternas para enfrentar la emergencia y en la intervención de los organismos como la Fiscalía y la Procuraduría. Esta situación que ocurre estacionalmente en las sabanas inundables del Meta, Casanare y Vichada, aunque con diferentes grados de intensidad, debería servir para poner el tema del agua en el centro de las preocupaciones nacionales.
Aunque el prolongado periodo de estiaje afecta actualmente a otras regiones del país la crisis del Casanare puso en evidencia las tensiones sociales y ambientales presentes en esos territorios en donde las diversas actividades económicas allí presentes han sido señaladas de jugar un papel importante en el agravamiento de la sequía estacional. La incidencia de la actividad sísmica de las empresas de hidrocarburos provocó una extendida controversia entre los especialistas. También se señalaron factores como la deforestación de las cuencas, la sustitución de bosques por pastizales para la actividad ganadera y la expansión de monocultivos de palma y arroz. En lo que hubo mayor coincidencia fue en que la llamada crisis del agua se origina en el mal manejo del suelo, la destrucción de las zonas de recarga acuífera y la falta de conocimiento y de planificación del territorio. Como estos factores se encuentran presentes en casi todo el país ello debería ser motivo de inquietud para gran parte de los colombianos.
Lo cierto es que desde las disciplinas sociales y desde la ecología política se percibe que la crisis del agua no debe mirarse solo como un problema vinculado a la simple escasez relativa del líquido sino que conlleva un giro cultural y político en su gestión. Ello implica examinar los contextos en donde se manifiesta la incertidumbre sobre la disponibilidad del líquido, los cambios en los usos sociales del recurso dentro de una economía en expansión, las formas de acceso y de control social sobre el recurso y los conflictos hídricos que se suscitan entre los heterogéneos usuarios. Este aspecto es particularmente importante en Colombia un país que ha vivido formas de violencia dirigidas no solo contra los cuerpos humanos sino también contra el contra el paisaje.
“A mayor violencia menos agua” decía una anciana indígena viendo correr el delgado hilo de un rio que en su infancia era caudaloso y no podía cruzar una mujer sin la ayuda de dos hombres corpulentos y que hoy puede atravesar solo un niño de tres años. Esa violencia no solo es física sino que también tiene un carácter cultural, emocional y simbólico que nos concierne a todos .
*Weildler Guerra Curvelo
wilderguerra@gmail.com