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Un día después de que se conociera la decisión de la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia de imponer detención preventiva domiciliaria a Álvaro Uribe, el expresidente y ahora exsenador volvió a ser noticia, esta vez porque resultó positivo para COVID-19. Como es de suponer, sobre todo frente a este tipo de personajes, cualquier clase de opiniones surgieron a tutiplén. Y, como ya es costumbre en las redes sociales, ese caldero de odios que vive en constante hervor, no faltaron los que se alegraron, celebraron y le enviaron los peores pronósticos y desenlaces.
Hace unos meses el turno de los malos deseos le tocó a Gustavo Petro cuando anunció que podría tener un carcinoma epidermoide de esófago. Aparte de los mensajes de apoyo, al senador también le cayó la lluvia de malos deseos. En ambos casos, el de Uribe y el de Petro, no hay salvación posible; los verdugos detrás del teclado dieron su veredicto y le añadieron un plus de satisfacción si así ocurriera. Ni un asomo de compasión que dejara a un lado las diferencias ideológicas, pero sí el afán de destruir o minimizar la vida del otro.
¿Qué pasará cuando muera Álvaro Uribe? ¿Celebrarán? ¿Bailarán sobre su tumba? ¿Colmarán las redes sociales con mensajes de odio y arrasarán con el dolor de quienes lo quieren y admiran?
Cuánto nos falta como democracia entendernos en el respeto a la diferencia y comprender que esta no anula al otro. Es muy inocente considerar la posibilidad de un país en el que todos piensen igual. Un país completamente de izquierda o de derecha —a un país completo en el centro también aspiran algunos—. Qué clase de entelequia es esa. No es posible ni sano. Todas las formas de creer, sentir y pensar, en una democracia, deberían ser capaces de convivir. La muy repetida frase «la diferencia nos hace iguales» es el gran valor que reconoce nuestra Constitución.
Quiero entender este país con gente que piensa distinto a mí, convivir con ellos en mi familia, en el trabajo, en la universidad, en la calle y en el bar. Y no tenemos que matarnos ni odiarnos por eso. Podemos no coincidir en ideas, pero sí reconocernos como parte viva y valiosa del país, ese gran conjunto al que pertenecemos.
Si muriera Álvaro Uribe, a pesar de no tener ninguna coincidencia con él, no sentiría alegría, ni siquiera un fresquito. Como tampoco lo sentí cuando murió Pablo Escobar o cuando murieron Carlos Castaño, Tirofijo o el Mono Jojoy. Porque la muerte del otro no es una fiesta. Toda vida vale y hay que hacer que valga. Si hemos llegado al punto de burlarnos de la enfermedad de alguien, anhelar su muerte y congraciarnos en el dolor que genera en quienes lamentan su partida, ya nada podrá detenernos en esa rodada hacia nuestro fin como sociedad democrática.
¿Dejaremos de ser algún día un país que celebra la muerte?
* Editora y asesora en cultura.
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