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Donald Trump ahora parece listo a ser el candidato republicano a la Presidencia. ¿Qué se supone que hagan quienes están horrorizados ante esa perspectiva?
Por: David Brooks*
Bueno, no me refiero a lo que están haciendo los jerarcas del Partido Republicano. Ellos están agachando mansamente la cabeza y alimentando la esperanza de que la convención sea tranquila. Parecen ingenuamente inconscientes de que este es un momento a lo Joe McCarthy. Las generaciones futuras juzgarán a los políticos de hoy por la posición que asuman en estos momentos. Los que hayan caminado con Trump quedarán manchados para siempre después de la degradación de las normas y de la matanza que habrá en las elecciones generales.
El mejor curso para todos —sean republicanos, demócratas o independientes— es hacer una pausa, dar un paso atrás para tener mejor perspectiva de largo plazo y empezar a construir con la mira puesta en eso. Esta elección —no solo el fenómeno político que representa Trump sino también el ascenso de alguien como Bernie Sanders— ha puesto de relieve cuánto dolor hay en este país. De acuerdo con una encuesta del Centro de Investigaciones Pew, 75% de quienes piensan votar aseguran que en el curso de los últimos 50 años la vida ha empeorado para personas como ellas.
Esta sensación de declive se entreteje con otra terrible estadística social. El índice de suicidios ha alcanzado el nivel más alto en 30 años, lo cual es una señal inconfundible del desbocado aislamiento social. Un número sin precedentes de estadounidenses piensa que el sueño americano está fuera de su alcance. Y entre los millennials, la confianza social está en los niveles más bajos de la historia.
El éxito de Trump surgió de ese malestar, pero ciertamente él no es la respuesta más adecuada para remediarlo. La tarea de todos los demás, los que no siguen a Trump, es encontrar una mejor respuesta.
Esto significa que primero es necesario examinar ese malestar. A mí me sorprendió el éxito de Trump pues había contraído la mala costumbre de pasar buena parte de mi vida en los estratos burgueses, en círculos profesionales con personas de situación social y demográfica similar a la mía. Se requiere de un firme acto de voluntad para desprenderse de ese ambiente e ir a lugares donde no nos sentimos muy cómodos. Pero en los próximos meses y años, eso es precisamente lo que voy a tratar de hacer. Todos tenemos cierta responsabilidad de llevar a cabo alguna actividad que pase por encima de los abismos de segmentación que afligen a este país.
Probablemente lo que necesitamos sea una nueva historia nacional. Hasta ahora, la historia de Estados Unidos ha sido alguna versión de la historia de mendigo a millonario, el individuo solitario que asciende desde el fondo a pura fuerza de arrojo y trabajo. Pero esa historia ya no le está funcionando a mucha gente, especialmente aquellas personas que piensan que el sistema está amañado en su contra.
No sé cuál vaya a ser la nueva historia nacional, pero quizá sea menos individualista y más de redención. Quizá sea una historia de las comunidades que sanan a quienes sufren de adicciones, a los que vienen de hogares desgarrados, a los que han sufrido traumas, prisión o pérdidas; una historia de aquellos que triunfan del aislamiento, de la inestabilidad y la dislocación social, fenómenos tan comunes en nuestros días.
Es probable que también necesitemos una nueva definición de masculinidad. Hay muchos grupos en la sociedad que han perdido su imperio pero que todavía no han encontrado su papel. Los hombres pertenecen al grupo más grande de ese tipo. El ideal masculino tradicional ya no está dando resultado. Está provocando altos índices de abandono de estudios, elevadas tasas de encarcelamiento y baja proporción de participación en la fuerza laboral. Vivimos en una economía que recompensa la conexión emocional y la expresividad verbal. Pero por todas partes vemos hombres prisioneros del viejo paradigma de reticencia y estoicismo.
También necesitamos reconstruir la sensación de que todos vamos juntos en esto. El escritor R.R. Reno ha argumentado que a lo que realmente nos estamos enfrentando estos días es a una “crisis de solidaridad”. Mucha gente, como señalan los escritores David y Amber Lapp, se siente traicionada por todas partes: por establecimientos de capacitación laboral con fines de lucro que la deja sumida en deudas pero incapaz de conseguir un empleo bien remunerado, por su cónyuge y su familia política, por personas que reciben beneficios del gobierno federal pero que no trabajan. Incluso han dejado de esperar lealtad por parte de sus patrones. Las grandes luces destellantes advierten: NO CONFÍES.
Esto nos lleva a una mentalidad de cada quien para sí mismo y a la política de sospechas de Trump. Lo que vamos a necesitar es más espíritu comunitario.
Quizá la tarea sea construir una escalera de esperanza. Por todo Estados Unidos, hay mucha gente que está siendo ignorada, que no cuenta para el sistema. Sus hijos están a la deriva. Hay que reconocerle a Trump que la haya hecho visible. Podemos empezar a nivel personal simplemente escuchando sus historias.
Después, a nivel de comunidad, podemos escuchar a quienes ya están ayudando. James Fallows publicó recientemente un reportaje en la revista The Atlantic en el que señala que, si bien los estadounidenses somos disfuncionales a nivel nacional, a nivel local vemos un renacimiento en muchos lugares de todo el país. Fallows salió a investigar qué es lo que hace funcionar a los pueblos y encontró que hay gente de la comunidad que establece escuelas radicales y que organiza festivales de arte, hay alianzas entre el sector público y el privado que, por ejemplo, ofrecen cursos de computación a los chicos que han abandonado los estudios de preparatoria.
Después podría volver a avivarse la solidaridad a nivel nacional. En el curso de la historia de los Estados Unidos, ha habido proyectos nacionales —como la legislación ferrocarrilera, los proyectos de la Administración de Progreso de Obras (WPA) durante el New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt, y el ambicioso programa de la NASA para poner a un hombre en la Luna— que han unificado a esta nación tan diversa. Por supuesto, tales proyectos pueden organizarse de nuevo, quizá a través de un programa de servicio nacional o alguna otra cosa.
Trump va a tener su momento horripilante. Es mejor pasar el tiempo haciendo otra cosa, quizá conversando con los vecinos que se han vuelto extraños y escuchando lo que ellos tengan que decir.
* Columnista de The New York Times.
2016 New York Times News Service