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“Un puñado de futbolistas pertenecen a la élite. Unos 1.000 son bastante buenos. Pero nosotros somos decenas de miles que no somos nada ni podremos ser algo”. Bengt Cidden Andersson.
En el fútbol, ser algo o no ser nada depende de ser titular o de ser suplente, es decir, la pregunta metafísica por el ser o no ser es el dilema. Son miles los futbolistas que soportan esa carga semántica de la palabra “suplente”. Son pocos los que portan el banderín de la titularidad. Entrar en una noción o salir de ella es la tarea de quien se esfuerza por lograr el máximo galardón. Acontece lo mismo por fuera del fútbol: las novias se convierten en titulares cuando hay declaración explícita del hecho. Los novios son titulares cuando ellas los han presentado “oficialmente” en sus hogares y frente a los suegros (fecha límite y definitiva: ser o no ser). Pero ese carácter se pierde por un gesto, una mirada, una palabra o, bueno, por un malentendido, un chiste o un chisme. La titularidad está amarrada de un hilillo débil y frágil, como la condición humana. Kundera, Poe, Sartre y Camus hacen parte de una alineación que decidió el hado cruel y estético de lo clásico y se convirtieron, como Cervantes, Homero y Virgilio, en la titularidad de la literatura universal, así como García Márquez, Julio Cortázar, Cabrera Infante y Virginia Woolf (¡por fin una mujer en la titular!). Un onceno canónico, como un Brasil con Pelé, un Argentina con Maradona o con Messi, un Colombia con James, un Alemania con Beckenbauer o un Portugal con Cristiano Ronaldo. Todos ellos, los clásicos, pasaron la prueba del tiempo y siguen vigentes; los otros, los suplentes, por eso son suplentes, están en el camino. La diferencia entre la literatura y el fútbol es que los clásicos se convierten en titulares inamovibles cuando fallecen; en el fútbol, los jugadores se hacen titulares en la inmediatez, en el carácter efímero de la fama, aunque es posible que pierdan su titularidad porque siguen vivos. A veces, los suplentes no tienen perspectiva o, mejor, no la quieren o no la aceptan. Los papás somos titulares de nuestros hijos, los hacemos a nuestra imagen y semejanza y olvidamos que también fuimos suplentes de nuestros padres. Hablamos un idioma y vamos detrás del otro para que se convierta en titular. A veces, cuando uno se acostumbra a la titularidad y la pierde, el estado anímico decae porque ser titular implica ver el mundo desde arriba y se pierde la visión de la superficie. En estas circunstancias, aunque duela, es mejor el cambio y no creerse aquello que ya se fue y no volverá. La eterna titularidad es esperar lo peor porque el carácter ya está corroído, es una constante lucha contra la inefabilidad del tiempo. Otros, que ya se saben suplentes, hacen despedidas para la “vanidoteca”, pero hay otros que se aferran a su desteñida titularidad y, con el paso del tiempo, sólo les queda esperar ser parte de los titulares… de prensa. La tragicomedia existencial, el autogolazo.
rayuela138@hotmail.com