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‘Trip’ (I)

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Todavía no puedo hablar sobre París.

Los viajes indigestan o nos ponen estípticos y se toma su tiempo asimilar un reencuentro con Europa, de la que había apostatado hacía más de veinte años por andar buscando en las Indias Orientales especias para el alma, sólo para constatar que la distancia más cercana entre dos puntos es un círculo. Así que voy a comenzar de atrás para adelante mientras se acaba de cuajar la experiencia y de soldar un hueso roto en la caída de una bicicleta parisina pública: souvenir de París que me permitió recorrerla en silla de ruedas y a mis anchas, impulsado sin tregua por mis ángeles guardianes, que Dios bendiga siempre.

Algo profundo pasó en mi núcleo con el trip que comenzó en Bogotá, se inició en Notre Dame de París y terminó hoy en mi sala de mosaico pompeya en Barranquilla. No sé todavía de qué se trata; sin embargo hay presagios.

Anoche llovió, y cuando llueve y despeja, el Caribe amanece como un lago alpino, pero cálido. Me levanté a las cinco con los arreboles. Me aguanté hasta las seis para llamar a mi compinche y asegurarme de que hoy, como lo planeamos anoche, era día de playa. Allá llegamos. El nuevo espolón del Hotel Kilimandjaro, nuestra playita usual, trancaba ahora la marea brava y la pequeña ensenada artificial hoy es una piscina de las que sólo se da el lujo Santa Marta. La corriente del río no mancillaba el agua del océano y su transparencia inusitada le permitía lucir con los primeros rayos del sol sus mejores verdes y azules caribeños. Ya teníamos pensado que el salvavidas, el Flaco, a sus 65 años de nadador empedernido y miembro del “rescate” de Puerto Colombia, tendría fuerzas para ayudarme a entrar al mar. Nunca esta costa se había visto tan serena, tan dulce su marea, tan ausentes sus corrientes traicioneras. Me arrimé en muletas, con la férula puesta más para el miedo que para la pierna, y me sumergí hasta quedar sentado y poder flotar boca arriba hacia aguas más profundas. La pierna se sentía como pez en el agua y yo con ella. Una bandada de mariposas amarillas se atrevía hasta las boyas y volaba de nuevo hacia la tierra firme. La libertad, el vigor que los minerales disueltos le regalaban a los músculos y la ingravidez bajo un sol de oro curtido acabaron de cerrar el círculo del viaje. Llevaba la careta pequeña y nadé sumergido hasta ver en el fondo un brillo de metal: unas llaves. Aguantando en apnea las recogí del lodo, para reconocer que eran mis propias llaves que al salir de casa maneado entre muletas y morral había metido en el bolsillo del vestido de baño. Se habían caído en una de mis primeras nadadas alrededor de unos escollos y, oh suerte imposible, aparecían en semejante inmensidad ante mis ojos. Demasiados milagros, aparte del ya portentoso estar vivo y nadando en el Caribe placentario. La mañana transcurrió en un éxtasis tropical. Patacones y yuca. Viva París y viva su comida, pero estos sencillos manjares de la tierra no se rezagan en textura y sabor. Al indio con lo que lo crían.

Creo que lo que pasó en París es uno de esos juegos metafóricos: como yo llevaba años con el corazón medio escindido entre dos realidades culturales, la vida decidió romperme un hueso para que el corazón sanara al mismo tiempo, y así llegado el momento de quitarse la férula, los dos, hueso y espíritu, sintieran de nuevo que cerrar los ciclos y atar cabos es permitirle a la alegría primordial inundar el vacío nuevo de bendiciones como efervescentes burbujas de champaña.

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