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¿Un tiro de gracia o la máxima pena? (I)

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El comienzo de Cien años de soledad, al lado de “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”, son dos inicios con alta recordación entre los lectores.

Ambos dejan entrever la cara aguda y triste de eso que llamamos realidad: no hay tiempo para el interrogante o para pensar en un mundo distinto. Aureliano Buendía y Gregorio Samsa están ubicados a 11 pasos de alguien que va a cobrar una pena máxima, una pena que ya fue pitada y que no tiene reversa. Hay un titular de prensa argentina que dice: “Dios existe, pero es de Boca o no sabe chutar penales”. El portero frente a su verdugo. Cuántos silencios, ausencias, anécdotas, dolores y tragedias en ese instante innombrado de un penalti: dos seres humanos y los ojos del mundo que observan, gritan y despotrican; peleas antes del cobro y discusiones después del cobro. ¿Atajar, acertar, errar, botar, comer, convertir? Verbos del azar, de la monstruosidad y del aturdimiento. Es un minuto eterno. Manos a la cintura, a las rodillas, a la cara, desesperación. El penalti más largo del mundo, de Osvaldo Soriano, es un buen cuento para graficar ese instante de un penalti que no se puede cobrar por invasión del público y que se aplaza para el siguiente domingo. El miedo del portero al penalti, de Peter Handke, tiene un comienzo parecido al de las obras citadas: “Al mecánico Josefh Bloch, que había sido anteriormente un famoso portero de un equipo de fútbol, al ir al trabajo por la mañana, le fue comunicado que estaba despedido”. Quien convierte es un ídolo, quien no convierte es una “mula”, un “HP”. La palabra penalti tiene sus orígenes en el latín poenalis, es decir, po(ena)lis, es decir, ciudad. Un penalti es la demarcación de una ciudad del castigo en la que se fraguan y resumen las acciones humanas: valores, trampas, temblores, miedos, oraciones y ruegos, camándulas, dedos que suenan y lágrimas en la tribuna. Basta mirar el gesto de un ser humano que ha errado un penalti para saber de angustias, insectos y caídas: es la máxima pena. Gregorio Samsa y Aureliano Buendía conocieron lo irreversible así como Caszely, Baggio, Trezeguet, Platini, Zidane, Zico, Pelé y Maradona cuando fallaron un penalti que podría haber decidido una Copa Mundo. Vicente Verdú sentenció: “El penal es un fusilamiento, una violación, una condena a muerte que ninguna tribu goza porque sobre el ejecutor se curva la mancilla endeble de un exceso de masacre”.

* Juan Carlos Rodas Montoya

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