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El mundo ha bebido un trago de ginebra y luego de las primeras conclusiones sobre las negociaciones con Irán, puede decirse que es el primer paso para llegar a una verdadera en un futuro cercano.
Sin embargo, no se ha logrado mucho por ahora, pues el acuerdo parcial de Ginebra no compromete concretamente a Irán con las exigencias del Consejo de Seguridad, evento que deja en el aire muchas interpretaciones.
Lo que parece ser un “Tratado de Versalles” versión iraní, es el factor de incomodidad para Israel. Teherán se compromete a restringir el enriquecimiento de uranio por encima del 5%, lo cual científicamente lo inhabilita técnicamente para desarrollar la bomba atómica, no obstante Israel y los escépticos consideran que Irán logró su cometido: seguir enriqueciendo uranio y mantener las estructuras centrifugadoras que en últimas son los instrumentos clave para llegar a empoderar un arsenal atómico.
Más allá de las interpretaciones de confianza o desconfianza de las potencias sobre si son convenientes o no los puntos del acuerdo, vale la pena mencionar que los resultados de éste encuentro son la vitrina a espacios estratégicos, es decir, lo que hay tras bambalinas es un equilibrio de poder en la región, pues sencillamente las partes lograron calmar la tensión puntual, y más allá de haberse realizado una negociación, simplemente es un asunto de necesidad mutua.
Lo esencial en el análisis geopolítico de esta dinámica es que tanto Estados Unidos como Irán se necesitan. Los iraníes necesitan a Estados Unidos para reparar las cuestiones económicas, mientras que los otros necesitan de los persas para crear y mantener un equilibrio de poder entre los Estados sunitas.
En ese orden de ideas, éste fenómeno no significa que haya una fractura con los aliados vitales de Estados Unidos como Israel o Arabia Saudita, pues los lazos entre todos se mantendrán igual, a todos les conviene tener vigilado de cerca a Irán. No es tan descabellado este escenario, pues hay que recordar que si Roosevelt pudo acercarse a Stalin y Nixon a Mao, Obama lo puede hacer con un trago de ginebra a Rouhani.
César Niño González ** Profesor de Relaciones Internacionales