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La conversación entre el periodista Mario Silva, muy cercano al gobierno venezolano, y Aramis Palacio, oficial cubano del G2, revelaría una distancia infranqueable entre sectores de la dirigencia chavista.
Las fracturas en el seno del chavismo ganan en evidencia y, con ello, el caos en sus filas es cada vez más difícil de ocultar. La comunicación del periodista Mario Silva con Aramis Palacio, oficial cubano del G2, revelaría una distancia infranqueable entre un sector de la dirigencia chavista y Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional. De comprobarse la información, el hecho haría visible la crisis más profunda del chavismo desde la muerte de su líder natural y desnudaría varios elementos a tener en cuenta sobre el futuro de Venezuela.
La comprobación de dicha información significaría una aceptación pública del tutelaje cubano que le ha permitido a la Revolución bolivariana (hoy defensora del socialismo del siglo XXI) gestionar con éxito crisis políticas, habida cuenta de la nutrida experiencia de La Habana al respecto. A su vez, demostraría un mal que desde hace muchos años viene carcomiendo a la Revolución: una corrupción rampante que puede poner en tela de juicio la viabilidad del proceso.
Paralelamente, una división en la Fuerza Pública evoca el escenario del 11 abril de 2002, panorama que el oficialismo quiere evitar, mientras la oposición desea propiciarlo. En ese momento, la crisis comenzó de una manera similar a las informaciones actuales. El 10 de abril de 2002, en vísperas del fallido golpe, el general del ejército Néstor González González le pidió la renuncia a Chávez, lo que terminó por desatar los hechos ya conocidos. La apuesta de la oposición en ese sentido es clara. En las declaraciones del diputado opositor Ismael García existe una clara intención de dividir al chavismo, una lección que proviene del pasado. Si se revisan los momentos más críticos del oficialismo, como el mencionado putsch de 2002, el referendo revocatorio de 2004 y el referendo constitucional de 2009, se identifica el común denominador en crisis orquestadas desde afuera. Sin excepción, fueron momentos manejados por una oposición entonces débil. Al tratarse de ataques provenientes de un sector ajeno al chavismo, terminaron por fortalecer al movimiento. Sólo el referendo constitucional acabó siendo una verdadera derrota.
Ahora bien, ¿se trata de la primera fractura en el chavismo? La respuesta es no. De hecho, en los albores de la Revolución bolivariana se dieron divisiones inocultables, incluso más expresas que las actuales. La más connotada tuvo que ver con la disidencia de Luis Miquelena. Se trató en su momento de una pérdida simbólica que desencantó a sectores moderados, los cuales terminaron por abandonar el chavismo. La salida de Miquelena allanó el camino para la radicalización posterior del discurso, y la polarización que tiene a Venezuela ad portas de una crisis social sin precedentes desde el Caracazo de 1989.
Se trataba de un dirigente con pasado comunista y demócrata, opositor de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez. Aunque su vida política había cesado con la restauración de la democracia y la hegemonía de AD y Copei, Miquelena volvió a la escena pública con el intento de golpe de Chávez en 1992. Su apoyo al entonces teniente coronel le daba a éste una legitimidad que incidió en su elección en 1998. Producto de la sintonía ideológica, Miquelena sirvió como presidente de la Asamblea Constituyente que redactó la célebre carta magna y como ministro de Justicia, hasta 2002, cuando la división política que reinaba en Venezuela por las reformas a Pdvsa dio al traste con la armoniosa relación. Desde entonces, Miquelena ha sido uno de los dirigentes venezolanos más críticos del chavismo. No obstante, y para fortuna del PSUV, sus denuncias no han tenido el eco de las proferidas por otros líderes como Teodoro Petkoff, Henrique Capriles o Leopoldo López. Como resulta obvio, para el socialismo del siglo XXI es más difícil acusar a Miquelena de burgués o de defensor de la política tradicional.
A diferencia de lo que pudo ocurrir con otras deserciones en el chavismo, las actuales tocan las fibras más profundas del movimiento y añaden dos elementos ausentes en el pasado. De un lado, el Gobierno ha abandonado la posibilidad de debatir con la oposición aspectos de su funcionamiento. En su momento, Hugo Chávez se caracterizó por un proceso constante de rendición de cuentas, que mostraba los avances más significativos de la Revolución. La retórica pedagógica de Chávez, en los medios o en la calle, ha sido reemplazada por una confrontación inagotable, cuyo paroxismo son los excesos de Cabello en la Asamblea Nacional. De otro, se ha soslayado el aspecto internacional. Éste sí que era un aspecto clave para Chávez. En momentos de crisis como los actuales, aprovechaba coyunturas globales para conseguir afuera los niveles de aceptación de los que podría carecer adentro. Basta observar su posición frente al programa nuclear iraní, los bombardeos de Israel contra Palestina, la crisis en Libia o el comercio justo en América Latina. En todos salía un Chávez robustecido por la vía de la popularidad internacional.
La publicación de dicha información supone una nueva prueba para Nicolás Maduro. Aunque el oficialismo ha respondido con aparente unidad, deberá traducir tal formalidad en actos concretos. Eso implica una reflexión profunda como la exigida por el propio Cabello cuando resultó elegido el actual presidente, y que probablemente termine en disidencias. Sin esas correcciones urgentes, el futuro del socialismo del siglo XXI está comprometido.