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El mundo se escandalizó a finales de 2014 cuando murió Francisco Romero, hincha del Deportivo La Coruña, herido en una pelea con hinchas del Atlético de Madrid y luego lanzado al río Manzanares.
Si bien el hecho fue cruel, lastimosamente no es el único. A diario llegan noticias de aquí y de allá sobre violencia relacionada con el fútbol. Y surgen cantidad de reflexiones y de propuestas que van desde el cierre de los estadios hasta la suspensión de los campeonatos. Pero tan pronto se mudan titulares, el asunto mengua, pasa a segundo plano y las “medidas ejemplarizantes” que se proponen se van al banco de suplentes.
Acostumbrados a actuar al calor de las jugadas, de los sentimientos de último momento, arrastrados por la emotividad pasajera, al asunto del fútbol y lo que gira en torno a él rara vez se les da importancia y se evalúan a fondo. Por ejemplo, se habla constantemente de “violencia en el fútbol”, como si este deporte la generara. Y nada tan en fuera de lugar, tan falaz. Al contrario, el fútbol en sí, desde su práctica o en las gradas, es un catalizador de la violencia en tanto libera tensiones, energías, angustias; la violencia es el triunfo de la sinrazón mientras que el fútbol en particular y la práctica deportiva en general demuestran la capacidad de pensar y actuar en concordancia.
El fútbol no es violento y se hace mal cuando se asocia una práctica que fortalece valores humanos como la solidaridad, la construcción de retos colectivos, entre otros; el fútbol, lo ha dicho Valdano —que dice tanto—, es un espejo de las sociedades: así que no es que nuestro balompié sea violento sino que las violencias nuestras —asociadas a otros factores estructurales— las llevamos al estadio. Y habrá que actuar en coherencia.
Medellín no es una isla en cuanto a los problemas que bordean el fútbol. Sin embargo, hay que decir que en los últimos partidos del campeonato colombiano se observó un comportamiento bastante aceptable en relación con períodos anteriores. Es como si —parafraseando a Valdano— muchos asuntos que mejoran en la ciudad también se reflejaran en nuestro principal escenario deportivo.
Y además: una de las razones para esperar que la mejoría en la convivencia entre los actores del fútbol en la ciudad continúe es la apuesta por la Mesa de Pedagogía y Convivencia en el Fútbol. Apoyada por la Alcaldía de Medellín, dicha mesa —pionera en Colombia— tiene como propósito “contribuir con estrategias formativas a la construcción de espacios de concertación entre los diferentes actores que participen en torno al fútbol”.
La mesa es un espacio donde tienen cabida representantes de algunas dependencias municipales, equipos de fútbol profesional, comunidad cercana al estadio, representantes de las principales barras locales y la academia; en ella se analizan y se proponen salidas “alternativas” a algunos problemas coyunturales, al tiempo que se hacen recomendaciones a largo plazo a favor de la convivencia en el fútbol en la ciudad. Las discusiones de la mesa son un interesante partido en el cual tienen igual voto, a la hora de definir, el más analítico académico o el dirigente deportivo con el humilde miembro de la barra de fútbol o el vecino del estadio. Unos y otros juegan en el mismo partido: el sueño de la convivencia para Medellín, y en especial durante los encuentros futboleros.
No obstante su bajo perfil, la Mesa de Pedagogía y Convivencia en el Fútbol es un buen ejemplo que se debería replicar en otras ciudades, pues allí se sueña, se propone y se realiza. Y se erige como una interesante apuesta de Nación: una donde entendemos y entendamos que dentro de cualquier camiseta hay una vida. Misma que no puede arrancarse ni menos tirarse por la borda, tras una discusión futbolera o por un pedazo de “trapo”. Se ha dicho en la mesa, y se dice para otros espacios: el partido acaba… y la vida sigue.
*Guillermo Zuluaga Ceballos