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Hay momentos en la vida en los que es importante saber tomar distancia y entender que uno es insignificante.
Esa, más o menos, fue la invitación del Cartagena VIII Festival Internacional de Música para conversar, el pasado martes, con los miembros de una orquesta como Orpheus, que ha demostrado que una organización no solamente puede prescindir de la cabeza, sino, además, que puede producir mejores resultados con ese trabajo comunitario.
Debo confesar que cuando escuché de esta idea de una orquesta sin director pensé que se trataba de un ejercicio un poco forzado y que sencillamente estábamos frente a unos músicos de excelencia que lograban ejecutar piezas maravillosas, a pesar de no tener conductor y no precisamente por no tenerlo. Así, me di a la tarea de intentar confrontarlos con los problemas que día a día se viven en una organización tradicional, de corte piramidal, como este periódico, cuando se trata de promover el trabajo en equipo: el miedo a la libertad, la aceptación de responsabilidades, el manejo de conflictos, el buen líder vs. el menos bueno y los incentivos individuales, cosas de ese tipo.
Orpheus, por supuesto, no es ajena a todos esos problemas. Pero lo que esta charla con Krishna, el director ejecutivo, y Laura, violinista, me permitió entender es que hay principios esenciales en un equipo de trabajo que pueden superar cualquier obstáculo. Uno, por ejemplo, el poder de la confianza en el otro. Pero entre todos, quizás el valor más potente que nos enseñó Orpheus es el de la alegría. Nunca había caído en cuenta de lo fríos que se ven los músicos en las orquestas hasta ver a estos músicos de Orpheus pendientes de cada gesto, de cada movimiento del compañero, del resultado integral del equipo. “Hacemos la música conscientes de que queremos estar aquí”, decía Laura. Y aceptaba que sería frustrante trabajar en una orquesta tradicional con un director que dicta todas las pautas, que ordena sin derecho a opinar.
Krishna trajo a colación un estudio de Harvard que encontró que los oficios en los que la gente está menos a gusto son, primero, el de guardián penitenciario y, segundo, el de músico de orquesta. ¡Y estos de Orpheus, mientras tanto, felices y produciendo música de antología! Ya decía el mismo Krishna, frente a la educación de nuevos artistas en este método, que la música de cámara está en medio de una gran crisis y que seguramente tendrá que cambiar. Acaso la felicidad haga parte de ese cambio necesario. Y acaso esa enseñanza se pueda extrapolar a cualquier aspecto de la vida y a cualquier organización social o económica.
Fue un poco extraño, ciertamente, que el primer conversatorio de un festival de música hubiera terminado siendo una lección de liderazgo y administración. Lo siento por quienes allí llegaron a aprender de música, pero no creo que haya sido tiempo perdido. La música tiene mucho que ver con la vida y lo que estos tremendos músicos de Orpheus nos han enseñado en estos días es que la vida puede ser mejor, y más productiva, si nos decidimos a afrontarla juntos, fijando entre todos objetivos comunes.
¿Y si tratamos?
Fidel Cano Correa Director de El Espectador. *