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Upssss…. ya entendí…. a las malas, pero entendí…. Colombia, ese territorio irrepetible de la América del Sur en donde nacimos, ya no existe.
Dejó de ser el país de las leyes y de los insignes magistrados. El sueño de Echandía, que casi hicimos nuestro los colombianos, de poder salir en paz a pescar en las noches, lo permutó un presidente para que se cumpliera el de un reducido número de ubérrimos finqueros de poder viajar a sus dominios a engordar la marrana de sus fortunas. Costara los falsos positivos que costara.
El Gran Colombiano del History Channel, el dios de ese nuevo Jurasik Park, se ha clonado a sí mismo y ahora anda pregonando con el disfraz de Óscar Iván Zuluaga, que el próximo 7 de agosto, desde una corbeta instalada en el meridiano 82, dará inicio a otra de sus santas cruzadas. Es decir cruzará por completo los cables de toda una nación con su lengua y sus tuiter descendidos al espectro en forma de bolas de fuego.
Colombia ya no es Colombia, no lo había entendido. Andaba rebuscando entre la prensa a Guillermo Cano, y sólo encontraba Vélez y Dávilas. Andaba buscando entre las letras a Gabo y sólo encontraba Tetas sin Paraíso; andaba preguntando por los cerebros de Llinás, y sólo había pistas de decerebrados en el Congreso, en la Justicia; andaba rebuscando ese pénsum educativo, deficiente eso sí, pero que alcanzaba para que generaciones enteras pudieran distinguir palabras y conceptos como ética, valores, solidaridad, y no esos argumentos de ahora con los que nos dan bofetadas en la cara, marica.
Colombia ya no existe. Nuestro libre comercio de ilusiones se esfumó en el pasado y ahora pasa por los retenes de lo convenido con USA, con Corea, con la China y demás “socios estratégicos”. No entiendo este nuevo país y sus estrategias. Antes, por lo menos, los españoles se llevaban los minerales y nos dejaban espejos y crucifijos, en cambio ahora les rebajan todos los aranceles.
Pero hay que reconocerlo: La culpa no la tiene el clon de Álvaro Uribe que lidera las encuestas. No la tiene tampoco el mismísimo Mesías que toma tinto montado en una yegua mientras levita sobre un territorio que perdió con él el poco equilibrio que le quedaba. No hay que señalar de ninguna manera a los más de tres millones de sufragantes que los apoyan y a los otros tantos que se sumarán a ellos en la segunda vuelta, para ratificar ese remedo de democracia que se avecina: La Nación impune que comenzará a nacer el próximo 7 de agosto. La que sacará de las cárceles e indultará a sus más de 50 ilustres representantes, aislados injustamente por andar rodeados del paramilitarismo, o por haber expulsado con sus fundamentos de finqueros, a los campesinos invasores y comunistas. Todos esos apóstoles se fueron detrás del sueño de su Mesías y están a punto de hacerlo realidad. Se les felicita porque lo hicieron con la convicción total de saber para dónde es que se dirigen.
Lo que no sé muy bien es para dónde nos iremos los otros 34 millones de excolombianos. Los que queríamos vivir en paz, incluso con ellos; los que románticamente votaron en blanco; y los que conforman esa horda del 61 por ciento de abstencionistas que no se tomaron la molestia de expresarse, a favor o en contra, de la disolución de un país.
Y que el último que salga no se preocupe por cerrar la puerta: Tengan la absoluta seguridad, que desde la corbeta instalada en el meridiano 82 de la Tierra, ordenarán el cierre de todas las fronteras, romperán relaciones con los vecinos y se apertrecharán y aislarán en su nuevo reino, con el convencimiento total de que ya no es tiempo de aplazar el “gustico”, como en el reciente antiguo testamento, de darse a los placeres de repartir las vestiduras que les dejamos por pendejos.
Fernando Cano Busquets *