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Adiós a un gran violentólogo

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Álvaro Camacho no nos enseñó a quienes pasamos por sus aulas a amar más el país. Todo lo contrario. Cientos de sus alumnos aprendimos de él a ser cada día más críticos, más inconformes.

Porque pocos como él han explorado en Colombia la realidad sociológica del narcotráfico y de las débiles condiciones para el ejercicio de la ciudadanía. Sabía darle un sentido práctico a la academia y conocía cómo operaban los traquetos y cuáles eran las características del contexto que les permitía reproducirse como conejos.

Y es que Camacho fue uno de los primeros ‘violentólogos’ en controvertir la tesis de que la pobreza es la principal causa de la violencia. Sabía que en esta tierra sobreviven causas específicas y experiencias coloniales que permiten que todas las formas de ilegalidad se legitimen y se mezclen. Como muchos de sus compañeros del Instituto de Estudios Políticos de la Nacional, él creía que detrás de los mejores marcos teóricos siempre hay, y debe haber, una posición política.

La carreta no le era suficiente. Sus investigaciones provenían del inconformismo. Para Álvaro Camacho, entender la mafia era la manera de desarmarla, recuperar la memoria era la forma de no repetir los errores históricos. Sentía que la interlocución entre la universidad, los periodistas y los políticos era fundamental para transformar la sociedad. Así lo dejó plasmado en cientos de columnas en El Espectador en las que insistió en repensar los paradigmas de la lucha contra las drogas y generar transformaciones de fondo para quitarle sustancia al caldo de cultivo de corruptos, discriminadores, antidemócratas, injustos y mafiosos.

Por cuenta de su fijación con el cambio cultural fue el principal asesor de Antanas Mockus en la reducción de homicidios en Bogotá a finales de los noventa. Mientras su pragmatismo le permitió inventarse las tarjetas con el dedo hacia abajo para hacer explícita la sanción social, su conciencia social lo obligó a defender a los marginados, investigar los movimientos sociales y obsesionarse con recuperar la memoria de la guerra.

Creo que lo que diferenció a Camacho de muchos académicos es su consecuencia con la ética y su facilidad para explicarla. Insistía en que la ética y la estética siempre van de la mano porque los homicidios son feos, el tráfico ilegal de cualquier cosa es feo, la corrupción y los corruptos siempre son feos. En sus clases repetía que no hay nada más grotesco y antiestético que el peso de una historia que sigue perpetuándonos en la violencia. Y esa concepción, sumada a su profundo inconformismo, fue la que lo llevó por más de 50 años a buscar la luz desde sus investigaciones, la justicia desde la sencillez, la belleza desde la sociología, la ética desde la academia. Si hubiera muchos como Camacho, un gran violentólogo, este país sería diferente.

A sus alumnos de la Nacional, de los Andes y de la Universidad del Valle nos duele el alma con su partida. Muchos queremos creer que la decencia aún es posible y que sus recomendaciones no quedarán en el aire. Una falta inmensa harán sus palabras en las aulas y en las columnas de este diario.

Lariza Pizano

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