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Siempre malas consejeras, las prisas son letales cuando el enemigo no las tiene, cuando está convencido de que la sombra termina alcanzando al que sabe esperar.
En el combate contra Al Qaeda, las democracias occidentales están lastradas por las prisas, por el frenesí mediático que exige informaciones, explicaciones, respuestas y hasta soluciones instantáneas, por la impaciencia de una población educada en la satisfacción inmediata, por la angustia de unos políticos que actúan en el cortoplacismo de los procesos electorales.
Algo va mal en este combate. La policía y los servicios de inteligencia han abortado decenas de atentados, pero Bin Laden y Al Zawahiri siguen vivos y coleando en alguna cueva del Waziristán, sus tentáculos se extienden desde Filipinas al Sahel, pasando por Afganistán, Pakistán, Oriente Próximo, Yemen, Somalia y hasta ciudades occidentales, y su milenarista visión del mundo y sus apocalípticos métodos de acción continúan siendo atractivos para miles de jóvenes del mundo árabe y musulmán.
En un artículo difundido por Global Viewpoint, Jean-Louis Bruguiere, que fue el principal juez antiterrorista en Francia entre 1981 y 2007, acaba de señalar que la “actitud defensiva” frente al yihadismo —escáneres, murallas fronterizas, acoso a la inmigración, videocámaras y todo eso— debería ser sustituida por “una estrategia más proactiva”. Tiene razón. Tras el 11-S, a muchos se les llenó la boca hablando del nacimiento del terrorismo global. Pronto se comprobó que no sabían muy bien lo que eso quería decir, más allá de la obviedad de que el campo de acción de Al Qaeda sea mundial. Las respuestas que impusieron fueron manifiestamente limitadas. Tanto en los instrumentos —meramente policiales y militares— como en el tiempo —búsqueda de una victoria rápida, por derrumbe del adversario en los tres primeros asaltos—.
Si la amenaza de Al Qaeda es global, que lo es, la respuesta también debe serlo. La imprescindible acción preventiva y represiva de policías y servicios de inteligencia (reforzada en contadas ocasiones por la acción militar: Afganistán fue una buena causa, hoy tal vez sea una causa perdida) debe ir acompañada de una intensa acción política, socioeconómica, cultural e ideológica a lo largo y ancho del mundo islámico, y también en el seno de la inmigración musulmana en Occidente. El objetivo es secar los pantanos donde nace y crece el monstruo.
Una estrategia “proactiva” que supere la táctica “defensiva”, por emplear la fórmula del juez Bruguiere, implica arrebatarle pretextos políticos al enemigo, empezando por la tragedia del pueblo palestino y el apoyo occidental a tantos regímenes dictatoriales y corruptos del mundo árabe y musulmán. Supone asimismo mejorar las condiciones de vida de las poblaciones de ese universo. También precisa una batalla ideológica: la promoción sin doble rasero de los principios y valores ilustrados, el apoyo a los reformistas de Dar al Islam y la integración de los inmigrantes musulmanes en los derechos y deberes de la ciudadanía democrática. Pero, claro, todo esto requiere tiempo. Son tareas que se miden en lustros y décadas, y no en los dos años como máximo del ciclo electoral occidental.