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Llama la atención cómo un encopetado y autodeclarado “especialista en el manejo de recursos naturales” del Banco Mundial, en forma reiterada, confunde al elemento químico que ocupa el número seis de la tabla periódica, denominado: carbono, con la roca sedimentaria resultante de los procesos biogeoquímicos de fosilización: el carbón.
Y digo en forma reiterada porque, primero, en su columna del 23 de octubre del año en curso: “Bosque, ganadería y carbón”, menciona la propuesta colombiana para ingresar al Fondo de Bosques y Carbón en vez del Fondo de Bosques y Carbono como se infiere de su sigla en inglés: Forest Carbon Partnership Facility (FCPF); y luego, en días pasados, el 23 de diciembre, titula su columna “Desarrollo con menos carbón”, en vez de Desarrollo con menos carbono, como sería lo correcto. Para el común de los lectores y aun para los que intervienen emitiendo sus opiniones, esta diferencia pasa inadvertida, lo cual es preocupante dado que muestra que ni el columnista ni los lectores saben de qué se está hablando y claro se termina cayendo en perogrulladas como: “Una mayor eficacia energética a menudo ahorra dinero”, “un mejor transporte público reduce la congestión y la contaminación local” o “una menor deforestación tiene beneficios sociales y ambientales”. ¿Quién discute esto?
Pero, en cambio, no se pone la discusión en el plano en el que se esperaría que lo hiciera un columnista de El Espectador. En este sentido, en vez de soñar con que “primero se incremente la producción ganadera y luego se establezcan los cultivos de agrocombustibles”, ¿por qué no se abre un debate a la política de biocombustibles (Documento Conpes 3510 de 2008) con su paquete de incentivos económicos para favorecer a los grupos que detentan el poder económico en el país y a las multinacionales que ya son dueñas de una gran proporción de nuestras reservas energéticas? O mejor aún, con respecto a las violaciones de Derechos Humanos en los procesos de desplazamiento de las comunidades afrodescendientes para arrebatarles las tierras y sembrar la palma aceitera, el primer paso en la cadena agroproductiva del biodiésel. Estoy seguro de que estos retos no son inferiores a los ya superados por el columnista en sus ascensos a las cumbres y así lo admiraríamos aún más.
Héctor García Lozada. Bogotá.
El maná del infierno
Hay fechas y episodios que jamás se borran de la memoria colectiva por su impacto y consecuencias posteriores; la caída de las pirámides en los últimos meses de este 2008 en el concierto de la vida colombiana es uno de ellos. El Espectador mantuvo a la opinión pública con una información sobre el tema permanente, variada y oportuna sobre los artífices, mecanismos y modalidades que se identificaron en casi todo el territorio nacional, aunque aparentemente el problema se focalizó en el sur colombiano.
Tanto la sección de noticias como la de opinión de los columnistas contribuyeron a orientar a la ciudadanía sobre la realidad de este fenómeno, del que cada día se conocen diferentes visos de sofisticación para embaucar al mayor número de ciudadanos de todos los estratos sociales.
Y también nos viene mostrando la evolución del proceso de derrumbe de una economía anormal que había tomado tanta fuerza, y de la cual el Gobierno se hizo el de la vista gorda. Es decir, los informes periodísticos de El Espectador nos han ofrecido un amplio panorama sobre la situación desde diferentes ángulos.
Para aportar un poquito a la reflexión colectiva, me inspiré en el pasaje bíblico en el cual el pueblo israelita salía de Egipto. (Éxodo 16, versículos 1,36). Llega un momento de desesperación por la falta de alimento y ante las súplicas de Moisés el Señor decidió darles de comer. Entonces cayó maná del cielo. La recomendación celestial consistió en que cada familia debía recoger lo necesario según el número de sus miembros para cada día: cuando debían continuar una nueva etapa del camino, podían recoger el doble de lo recogido por cada familia. Pero no faltó quien, desatendiendo esta condición, tomó más de la cuenta con la idea de “guardar”. Esa misma noche se pudrió todo.
¿A caso no es eso lo que les pasó a los damnificados de todas las escalas sociales de las pirámides? Todas esas organizaciones con carátula de empresas no eran otra cosa que el maná, pero del infierno. ¿No fue la idea de “otra vueltita de intereses” la que llevó al desplome inevitable de este refinado sistema de estafa? ¿No fue la ambición, propia de la condición humana, pero que en este caso se desbordó, la que propició la catástrofe?
La ciudadanía se encontró con el maná del infierno, cuando el Gobierno recibió los impuestos, prácticamente lo legitimó, esto llevó a que ese maná sea tomado con más riesgo que nunca. Algunos, como en todo juego de azar, ganaron bastante, la mayoría perdió y mucho. En todo caso, todo se pudrió y sólo ha quedado la desolación y la desesperanza.
Ciertos niveles sociales aceptan la realidad y ahora hacen el duelo. Otros sectores de la sociedad, que quisieron coger más alimento del que podía el trabajo honrado, sumados a un amplio margen de gente ingenua y que fue engañada, son motivo de preocupación. Esa es la verdadera bomba de tiempo. En verdad, qué difícil decir feliz Navidad y próspero Año Nuevo.
Mejor desear que el Gobierno asuma sus errores con la puesta en marcha de una serie de medidas que favorezcan a los más débiles. No será tarea fácil pero les deseamos suerte.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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