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A mí me tocó enamorarme de los libros a la fuerza. Yo no tuve suerte con mis primeras lecturas.
No encontré de niña ese libro que lograra marcarme para siempre, el que me cambió la vida o abrió mi camino hacia la lectura y el mundo de la ficción; yo no puedo decir que hubo un libro que leí de pequeña que no he podido olvidar y al cual le debo mi afición por contar historias, tampoco que en mi niñez me refugié en las fantasías de sus narraciones o que muchas veces, cuando tuve miedo, me salvó. No. Si algo así sucedió, no lo recuerdo. Es más, confieso que muchas veces leí con la pereza que determina la obligación. Hubiera preferido, claro, poder contar una versión diferente. Lo mío con los libros comenzó ya grande. Cuando entré a la universidad tuve que enamorarme de ellos a la fuerza, tuve que manipularlos, leerlos, devorarlos en poco tiempo, atendiendo las tareas. Pasé por toda clase de lecturas y de materias y fue así como poco a poco se convirtieron en una debilidad. Yo diría más, en una necesidad. Pero no importa lo temprano o lo tarde que uno llegue al universo de los libros. Como dicen por ahí, lo importante es llegar.
La pasada Feria del Libro de Bogotá tuvo una asistencia histórica de 415.000 personas. Sin embargo, siempre que la feria se acaba me pregunto lo mismo: ¿cuántos terminarán leyéndose los libros que compraron? O mejor aún, ¿cuántos de esos fueron realmente en busca de un libro para leer? ¿Por qué en este país seguimos viendo cifras tan desalentadoras en torno a la lectura? Y la respuesta sigue siendo la misma y la más simple. A pesar de la feria, del evento de moda, de ser un buen plan para la familia, de la obligación escolar, la gente no lee. No lee porque no ha descubierto los libros, porque, como yo, no tuvo la suerte infinita de encontrar esa puerta, ese libro, ese tesoro y porque, contrario a mí, aún no se ha enamorado de ellos así sea por la fuerza. Si la feria es un evento de moda que atrae, bienvenida. Pero entonces habría que aprovecharla para crear lectores, no compradores. Leer no debe ser una moda.
No quiero hablar de ese tan manoseado “maravilloso mundo de los libros” ni quiero ayudar a alimentar el misterio alrededor de esa falsa intelectualidad excluyente que lo rodea. Leer no es para unos pocos. Leer debe ser para todos y los que leen no son personas diferentes porque lean, sino por lo que leen. Porque los escritores, a pesar de todo lo aburrido que los rodea, son personas que te cambian la vida, que ayudan a entenderlo todo mejor. Lo ideal sería que la próxima vez que usted asista a una feria no se compre tres o cuatro libros que jamás va a leer; no se compre lo que vio en un pendón o el autor del que todo el mundo habla. Vaya a la feria, tómese el trabajo de descubrirla y de buscar ese libro que le hará recordar para siempre por qué vale la pena un evento como este.
Carolina Cuervo Navia