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El famoso artista francés Marcel Duchamp exhibió un orinal como si fuera una fuente y lo justificó como arte porque él lo eligió. Anna Jóelsdóttir, de Islandia, tiene una obra con palitos pintados y puestos contra la pared para mostrar “un diálogo abstracto para romper con la representación lógica”. La española Itziar Okaris, a modo de performance, se ha orinado en espacios públicos. En el Museo Bolzano, una aseadora botó unas botellas de champán tiradas en el suelo sin saber que hacían parte de una exhibición. ¿Es una obra de arte sólo lo que vemos o también lo que significa? ¿Y si fuera lo segundo?
Casos como estos son retomados en El fraude del arte contemporáneo (Libros Malpensante), de Avelina Lésper, para cuestionar la “dictadura de una fe” en la que se nos pide ver lo invisible. Es decir, ver una obra de arte en un orinal, en unas botellas o en unas varas que quizá cualquiera pudo haber pintado. O valorar el ejercicio retórico por encima de los valores estéticos y el sentido común: “en nombre de la creencia de que todo es arte se está demoliendo el arte mismo (…) (éste) puede detonar ideas filosóficas, pero no son éstas las que crean obras”. Esto según la crítica mexicana, que también habla sobre el performance, el plagio y el feminismo en el arte.
Lésper se pregunta si estas mismas obras fuera de un museo serían apreciadas como arte. Un caso: el inglés Tino Sehgal contrató a dos actores para que se besaran en el Guggenheim de Nueva York. ¿Sería arte si se besaran en el metro? Con seguridad hay una nota curatorial bien sustentada que puede hacer que veamos con otros ojos, y hasta nos guste, una pieza de arte. Sin embargo, “las grandes obras son más grandes que sus textos”. Hay piezas que se reproducen ad infinitum y no como lo hacía Da Vinci, en busca del perfeccionamiento y en la profundidad de las ideas, sino por las copias que se necesitan para entrar al “mercado del lujo y no del arte”.
Pienso que es saludable tener en nuestras librerías textos que, como este, fomenten la crítica y las conversaciones sobre temas que a veces son relegados al mero entretenimiento, fines comerciales o una coyuntura específica, como las ferias de arte. Que tire la primera piedra el que no haya ido a un museo y ante una pared llena de puntos (como los de Damien Hirst, que tienen millones de copias y que cada pieza se vende en cerca de US$2,5 millones, según Lésper) no haya pensado si eso lo podría hacer cualquiera o, lo que es peor, no haya pasado de largo sin que una obra de “arte” lo haya conmovido aunque fuera un poco.