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La feria del billete que hacen los comerciantes en época navideña y vacaciones se monta no sólo sobre los bolsillos de los consumidores sino sobre la vida misma.
En dos de las llamadas hoy en día “grandes superficies” tuve la “oportunidad” de comprobar cómo eso del nulo control de calidad y del enriquecimiento a cualquier precio (valga el juego de palabras) es asunto común y corriente. De seis tamales comprados en un primer supermercado, el 24 de diciembre, la mitad estaban putrefactos. Resultado: dos personas intoxicadas con sólo probar el veneno, la otra alcanzó a darse cuenta a tiempo. La muestra es alarmante: 50% en descomposición. En ese mismo almacén, un “muchacho relleno”, en menos de seis horas estaba de un precioso color verde. A eso agregarle que estaba etiquetado con el precio de otro producto el doble de costoso.
En el otro supermercado, unas apetitosas presas de pollo, al momento de destaparlas, quince minutos después de compradas, hubo necesidad de sahumerio en la casa porque hasta las moscas se espantaron por el hedor que despedía la carne.
En el primer caso, tras la mirada de duda de la “funcionaria”, cambian por cualquier cosa que uno ya no necesita el valor de los productos (no hay devolución del dinero) tras llenar un formatico ridículo llamado “sugerencias” (¡). ¿Qué pasó con las víctimas, qué otros alimentos están contaminados, en fin, qué consecuencias hubo? ¡Ninguna!
En el segundo caso, devuelven el dinero, qué pena, lamentamos mucho o cualquier palabra de explicación: nada, y el resto de los productos que estaban en las neveras siguen ahí, esperando a ver quién se intoxica, sin que merezca mayor atención de los dueños o de las autoridades. Reclamo o papel alguno para dejar constancia: ¡nada!
Horacio Sánchez L. Bogotá.
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