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Se inauguró esta semana una exposición sugestivamente titulada Impossible Conversations, una retrospectiva que reúne en el museo de arte de Nueva York, el MET, la obra de dos íconos de la moda: Elsa Schiaparelli y Miuccia Prada. Un par de italianas cuyo trabajo deja sin aliento.
Aunque Scap, como era conocida la primera en el París de los años 30, ya no vive, sus barrocas composiciones y el color rosado que volvió famoso perseguirán por siglos a quien se asome al fascinante mundo de la moda. La segunda, Miuccia, es una señora que no le sonríe a casi nadie. Apenas le dedicó un rictus a la todopoderosa Anna Wintour, editora jefe de Vogue, quien vistió uno de sus emblemáticos vestidos decorados con una langosta. Supongo que debe gastarse todo su esplendor personal en la intimidad de su trabajo, que proporciona colecciones asombrosas desde el imperio que hoy es Prada. Ambas blanden dos armas afiladas: la ironía y el “así soy yo”. Se atreven con tejidos pesados, cuyos pliegues esconden brillos y dedicación artesanal. Puro virtuosismo.
Qué sorpresa la colección que presentó la diseñadora colombiana Kika Vargas, esta semana también, durante la noche de inauguración del Círculo de la Moda de Bogotá. Una flecha que parece seguir la ruta de las italianas. Piel, shantung, jacquard, brocados, pedrería y seda mezclados con valentía. Como las flores, hay tejidos que no casan entre ellos. Si los unes por la fuerza, alguno muere. Y Kika Vargas logra que sobrevivan todos en camisas que son también vestidos y abrigos que son chalecos y faldas que se reproducen en colas. Crear es evocar, por mucho que intimiden las miradas. La undécima versión de esta convocatoria bogotana está estrenando espacio: el Parque de la 93. Observo en el atlas de la ciudad, que realizó el Archivo Distrital, cómo el arañazo gris que eran estos más de 13 mil metros cuadrados hace 20 años se han convertido en un espacio verde, cuidado con esmero. El que quiera se acuesta en el pasto, bajo los arrayanes y mortiños que veneraba Germán Arciniegas, y ya. Tan público y tan diverso que, en la estructura de vidrio acondicionada para los desfiles que se presentarán hasta mañana 12 de mayo, el ministro de Defensa dio a conocer la primera colección diseñada por desmovilizados de la guerra en Colombia. Fue cierto, creánme: en la pasarela se habló de organizaciones terroristas y se mostró un video de cielos enrojecidos. La han bautizado como Chance (no, no en alusión al perfume de la otra musa, Gabrielle Chanel, que tan mal se llevaba con Scap y a la que se refería como “esa mujer italiana que hace vestidos”). Chance como oportunidad. La que tiene el que fue el sastre de las Farc para ahora, asesorado por Sandra Cabrales, coser una secuencia de 43 conjuntos fabricados en dénim. Buen ojo comercial eso de apostarle al jean. ¿Una suerte de Levi Strauss a la colombiana, de los mineros del siglo XIX a los excombatientes del siglo XXI? Sin embargo, no me quedó claro si la colección presentaba pintas para salir de la selva o para adentrarse en la manigua. Para que vean, a pesar de los kilómetros de distancia entre la Gran Manzana y nuestra capital, Chance propone también una suerte de conversación imposible. Miré con atención los rostros intrigados, tensos por momentos, de los asistentes, conversé con muchas personas, noté cierto nerviosismo. Una bogotana de tacón dorado y lentejuelas delicadas sobre los hombros lo resumió muy bien: “A mí esto me da pánico tuitero”.
Rocío Arias Hoffman