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Desarrollo INsostenible

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Del 19 al 22 de junio representantes de 191 países se reunieron en Río de Janeiro durante la Conferencia de las Naciones Unidas Río+20 para pensar en un desarrollo sostenible, reviviendo las principales propuestas de Río-92, hace 20 años.

De la búsqueda de una racionalización del concepto de ecología pasamos a hablar de economía verde, que según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente —Pnuma— es “aquella que contribuye para mejorar el bienestar de la humanidad y de la igualdad social, al mismo tiempo en que reduce significativamente los riesgos de depredación del medio ambiente”.

A pesar de la ampliación del concepto en estos últimos 20 años, Río+20 demostró la misma controversia de imaginarios y de posicionamiento de Río-92: de un lado los países ricos —ahora un poco más pobres— y del otro los emergentes. Pero el gran dilema persiste: ¿cómo implementar un desarrollo sostenible y preservar el medio ambiente? En estos años, el avance fue que pasamos del debate sobre la importancia del tema a la discusión acerca de cómo hacerlo. Pero el mundo fue incapaz de resolver sus grandes problemas ambientales.

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, en su discurso de apertura enfatizó que “el desarrollo sostenible no puede ser objeto de oscilaciones económicas; el medio ambiente no es un aderezo”. Mientras la presidenta Rousseff transmitía ese mensaje, los telespectadores del planeta sentían la ausencia de los principales “líderes del mundo”, demostrando la falta de interés y de voluntad política, como si el tiempo para decisiones contundentes no se agotara.

En el debate el problema no sólo es político, es sobre todo económico, porque pocos son los interesados en pagar la cuenta de una economía más limpia y más verde.

Se vislumbró la posibilidad de crear un fondo de US$30.000 millones para financiar acciones sostenibles, propuesta liderada por el grupo de los 77 países en desarrollo (G77) más China, naciones pobres y emergentes que esperaban expectantes el compromiso de los ricos, los mayores contaminadores del mundo. Pero el texto final decidió no comprometerse con cifras, teniendo en cuenta la crisis económica que están atravesando Europa y EE.UU.

Ante la ausencia de un verdadero consenso acerca del “futuro que queremos”, el protagonismo para preservar el medio ambiente está en las manos de las grandes corporaciones como, por ejemplo, Google o Bayer. ¿Podrá ser sostenible el futuro si dependemos en gran medida de estas compañías y de su lógica de mercado para salvar al planeta? La crisis financiera de 2008 no cambió la visión del mundo; éste sigue sin capacidad para reinventarse.

La declaración final de la cumbre plasmó sus contradicciones, careció de asertividad, a pesar de incluir la lucha contra la pobreza y de reiterar la necesidad de modelos económicos que protejan los recursos naturales. Sin duda alguna, el mundo carece de liderazgo. La gran esperanza que nos deja Río+20 son las palabras de la joven neozelandesa de 17 años Brittany Trilford, quién representó a los jóvenes y a las nuevas generaciones: “… Promesas hechas no son suficientes. Nuestro futuro está en peligro. Estamos acá para resolver problemas que causamos como colectividad (…). Es hora de que los líderes paren de hablar y empiecen a actuar, líderes que lideren. ¿Están acá para mantener las apariencias o para salvarnos?”. Bienvenida la sensatez responsable de la generación siglo XXI. Es una pena que no se sabe qué planeta van a heredar.

Beatriz Miranda Cortés / Profesora de la Universidad Externado de Colombia. 

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