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Mucho se habla de la importancia del acceso y el derecho a la cultura, del derecho a la expresión cultural y a la expresión de los pueblos. También se habla de las enormes oportunidades que tiene la cultura para transformar los lazos, las identidades, las relaciones y promover, más que la calidad de vida, el desarrollo humano. La cultura es todo y todo lo permea.
Pero a la par de una producción de bienes culturales y de una práctica artesanal, aficionada, comunitaria y local, existe lo que hoy se denomina “La economía naranja” y que es un enorme conglomerado de transacciones, movimientos y circulaciones de bienes y servicios de la industria creativa a nivel global.
Cohabitan entonces dos dimensiones: la comercial y la no comercial; la global y la local; la tradicional y la moderna. El dilema entre lo uno y lo otro, hace rato que dejó de existir.
Recientemente leí El imperio del algodón: una historia global, de Sven Beckert. Lo que sorprende no es el imperio algodonero en sí mismo, creado por ingleses y holandeses en la revolución industrial. Lo fascinante es la apropiación del algodón por las diferentes culturas. Poco a poco y desde la práctica artesanal, la humanidad aprendió a hilarlo y a tejerlo, a teñirlo y a coserlo. Acabó convirtiéndose en gran industria. De todos aquellos tejidos tradicionales, las chinelas y las indianas siguen vigentes y de moda, las producimos ahora en cantidades industriales. Las formas del tejido de Bombay, por ejemplo, son, a la vez, un lazo de identidad y un patrimonio cultural universal. Conviven los desarrollos y las tradiciones; la innovación y lo antiguo. Es transitar todo el espectro desde las identidades locales hasta la resignificación en formas industriales y tecnológicas.
A la música le pasa lo mismo. La guitarra es un patrimonio mediterráneo y la guitarra eléctrica un patrimonio universal que se reinventa con cada avance tecnológico, ofreciendo sonidos antes inexistentes o desconocidos. Ser guitarrista es hoy un trabajo firme, rentable, posible, con cadenas de distribución, alianzas y agregación de valor concretos y medibles.
Ya no hay marcha atrás. La cultura es el quinto bien comercializado en el planeta. La economía naranja, la de las oportunidades de negocio, la de los datos y la información, la de las exportaciones y los mercados además de los talentos y las tecnologías, esta economía de la cultura, llegó para quedarse. Nada de qué asustarse. La industria naranja necesita los ejercicios dedicados, la experimentación y la búsqueda de los artistas locales, comunitarios, de la práctica aficionada y de los talentos. La industria cultural apoya la creación, genera un espacio de rentabilidad, de comercialización y de sostenibilidad. La distribución masiva alimenta las culturas de nuevas expresiones y las tecnologías de la información permiten acceder rápidamente a clientes, compradores o, si se prefiere, contertulios.
Lo que necesitamos para promover esos bienes públicos, culturales, artísticos, creativos, es, sobre todo, políticas de estado que incentiven una mayor participación del sector privado, de los grupos de creativos y de artistas y que sea inteligente en las formas de apoyo local y global.
Para que prospere esa cultura que nos define, que nos hace felices y visionarios; esa cultura que nos hace bailar y pintársela a los amigos como se nos cante, debemos trabajar juntos, aumentar apalancamiento de recursos, desafiarnos a ser cada vez más incluyentes. La economía naranja es un buen rumbo para la ciudad de Bogotá, para un país como Colombia y para América Latina, un continente capaz de tejer una red infinita de futuros creativos.
* Director del Instituto Distrital para las Artes.