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El club del automóvil

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El automóvil fue bienvenido en el siglo XIX. Diseñado para un mundo rural, hoy se enfrenta a las grandes dificultades que impone un mundo urbano.

Por esta razón, buena parte de sus virtudes estuvieron ligadas a facilitar el desplazamiento de personas en ciudades que sólo tenían en los caballos el mejor sistema de movilidad ágil y cómoda. Por eso estas virtudes aparecen ahora como grandes defectos, porque el automóvil particular ya no es ágil y se vuelve incómodo cuando su ocupante está obligado a permanecer dentro suyo por largas horas. Lo que ha llevado a que estas ciudades pobladas hayan tenido que diseñar nuevos métodos alternativos de movilidad urbana, como los transportes masivos.

Comprar un automóvil hoy, particularmente en las grandes ciudades de Colombia, equivale a comprar con entusiasmo una acción en un club donde cada socio puede hacer lo que quiere, debido a que las reglas de juego son burladas a causa de una gran irresponsabilidad ciudadana combinada con sistemas policiales diseñados para la impunidad. En este club, cada socio puede ensuciar el comedor, echar basura en la piscina, hacer que los carros más grandes atropellen a los pequeños y violar todas las reglas de circulación.

No habría duda, por tanto, de que algunas personas algo más sensatas tengamos razón en criticar este loco, costoso, inútil y degradante sistema de inmovilidad urbana. Y que frente a medidas que gradualmente buscan incentivar el uso de métodos de transporte alternativo, esa sensatez, que hoy es vista casi burlescamente, termine imponiéndose cuando cada vez más los socios de este absurdo club entiendan que lo mejor es ¡vender su acción!

  Bernardo Congote. Bogotá.

Sobre Alan Jara

Con su capacidad dialéctica, Jara le ha dado al país y al mundo una nueva dimensión a la desgastada y tradicional apreciación que se tenía sobre la gente llanera, y que estaba constreñida y sumamente limitada al viejo estereotipo de que nosotros éramos solamente peones y/o meros colaboradores, caballo y/o sombrero, arpa y/o pistola, cotizas y/o alpargatas. Ha abierto el debate. Yo, como muchos de los colombianos, defendemos y continuaremos defendiendo la política de seguridad democrática del presidente Uribe, pero esto no puede ser óbice para insistir en la búsqueda de nuevas opciones que permitan la libertad de nuestros soldados y policías.

Todos queremos que se acabe de una vez por todas ese maldito engendro del secuestro, bombas, extorsión, narcotráfico y terrorismo en general, como arma de lucha subrepticiamente política. Cerca está el tiempo para que la Corte Penal Internacional investigue los crímenes de lesa humanidad. Mientras tanto, no hay que temerle al intercambio humanitario, porque tenemos una Fuerza Pública muy profesional y lista para contrarrestar las actitudes subversivas e insurgentes. Las Farc ya le causan al pueblo colombiano hastío. Tenemos que defender la posición patriótica y solidaria de Alan Jara con nuestros soldados y policías. Queremos tenerlos de vuelta con nosotros, sea con el rescate militar o con el intercambio humanitario.

 Jorge Enrique Cubillos Caicedo. Acacías.

 Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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