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Quiero elogiar el informe especial de El Espectador sobre los 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aciertan una vez más en la sección Internacional con un dossier muy completo y didáctico.
A pesar de que se cita someramente el caso de la (¿prisión?) de Guantánamo de Estados Unidos, se deja algo fundamental por fuera: los crímenes de los países (pos)colonialistas. Por sólo citar algunos, los crímenes de la IV República francesa en Argelia, los de la ONU en la ex Yugoslavia, los de Estados Unidos en Vietnam, Guatemala, Líbano, Cuba, Granada, etc. De ello se ocupa el reciente libro del filósofo italiano Danilo Zolo, La justicia de los vencedores. De Nuremberg a Bagdad. Me parece que esa es la otra historia, bastante oscura, la otra cara de estos 60 años. Lo cito: “Ni las instituciones universalistas que surgieron en la primera mitad del siglo XX por voluntad de las potencias vencedoras de ambas guerras mundiales, ni la jurisdicción penal internacional dieron hasta ahora buena prueba de sí mismas. Naciones Unidas y las cortes penales internacionales se revelaron incapaces, no digo de garantizar al mundo una paz estable y universal —utopía kantiana desprovista de interés teórico y político— sino ni siquiera de condicionar un mínimo la inclinación de las grandes potencias a usar ad libitum la descomunal fuerza militar de la que disponen. Esto puede decirse, sobre todo, con respecto de Estados Unidos… es desconsolador tener que repetir amargamente, junto con Radhabinod Pal, el valiente juez hindú del tribunal de Tokio, que ‘sólo la guerra perdida es un crimen internacional’ ”.
Esta idea me lleva a pensar en un dilema fundamental para la izquierda. Diferente al que señala el columnista Duncan en su columna de ayer miércoles (la propiedad privada). Me refiero al discurso de la emancipación. Valdría la pena pensar “los Derechos Humanos” como un mínimo, como un punto de partida y no como una paz perpetua a alcanzar. En este punto las izquierdas deberíamos recuperar el discurso de la emancipación y no comprometernos a ser cómplices de los Estados falsamente legalistas como el nuestro. No deberíamos olvidar, como lo recuerda Zolo, que “desde 1946 hasta hoy, jamás se celebró un sólo proceso, ni en el ámbito nacional ni en el internacional, por crímenes de agresión”.
Rosa de Figueroa. Cali.
Si se leyera a Platón
Óscar Alarcón (Macrolingotes, diciembre 9) señala como un defecto de un tal Bustillo, candidato a Procurador, el que éste “definitivamente se quedó en los diálogos de Platón”. No me interesa entrar en el debate sobre la meritocracia para los cargos públicos (es una evidencia el clientelismo. Prueba de ello las quejas de otro de los “ternados” para el cargo de Procurador). Me llamó la atención esa frase que alude a Platón. Se imaginan que un Procurador leyera a Platón en serio, no con las fórmulas de “más Platón y menos Prozac”. Que leyera por ejemplo el Banquete o el Diálogo de Alcibíades. Aprendería, por ejemplo, con éste último, que la ética es un requisito indispensable para pensar en la justicia. Además, como externadista, no entiendo la supuesta ironía de Alarcón con respecto a nuestra Alma Máter y su alusión despectiva a nuestro rector. Doy “fe” que se lee, y mucho, a Platón (filosofía en general) en las aulas del Externado y lejos de creer que esto sea un “defecto” para ocupar cargos públicos, estoy convencido de que si se hiciera aún más, podríamos, eventualmente, tener mejores gobernantes y ciudadanos.
P.D. En la misma página, el lector Jaime Cárdenas, que escribe desde Mocoa, confunde al general Rafael Uribe Uribe con el general Rafael Reyes.
Diego Pinzón H. Barranquilla.
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