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La antorcha olímpica

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En la Grecia antigua, el fuego, el agua, la tierra y el aire eran los cuatro elementos clásicos que representaban las cuatro formas conocidas de la materia y eran utilizados para explicar diferentes comportamientos de la naturaleza.

Según la mitología griega, Prometeo le robó el fuego al dios Zeus para regalarlo a la humanidad. De estos episodios, ajenos al deporte, aunque enraizados en la sociedad que dio lugar a la mejor expresión de competencia atlética, surgió la idea de introducir en los Olímpicos el fuego, primero en forma estática y luego móvil, que en su viaje representa la extensión del espíritu olímpico —unión, paz, competición sana— por todo el planeta, como lo consideraron los canadienses en sus juegos de Invierno de Vancouver, en 2010.

El fuego apareció por primera vez en Ámsterdam 1928, en forma de pebetero ubicado en una torre levantada en el estadio, y permaneció encendido hasta el final. Cuatro años después reapareció en forma similar, en Los Ángeles 1932. En la clausura, el barón Pierre de Coubertin le dio el bautizo oficial al afirmar: “Que la antorcha olímpica siga su curso a través de los tiempos, para el bien de la humanidad cada vez más ardiente, animosa y pura”.

La antorcha olímpica se encendió por primera vez el 30 de junio de 1936, en el Templo de Hera, en Olimpia, Grecia, en donde 15 vírgenes vestales ataviadas con túnicas y dirigidas por una suma sacerdotisa prendieron la llama con los rayos del sol reflejados en un espejo cóncavo. Desde entonces se convirtió en uno de los símbolos más preciados del movimiento olímpico.

El ingreso al estadio es el instante más inolvidable del recorrido, porque por lo general la porta un atleta legendario, que sube hasta el pebetero, le da el toque mágico con la punta de la antorcha y de inmediato los Juegos parecen cobrar vida. Se recuerda a Paavo Nurmi, en Helsinki 1952; a Muhammad Alí, en Atlanta 1996, y a Peter Norman en Sídney 2000. Pero también es inolvidable este pedacito del ceremonial, por obra de la creatividad. En Barcelona 1992 un arquero envió una flecha a lo alto del pebetero, y en Pekín 2008, el último atleta portador de la antorcha olímpica “voló” para encender el pebetero.

Ya la antorcha está en territorio británico portada por unos personajes famosos, como el futbolista marfileño Didier Drogba, y otros anónimos, entre ellos un colombiano, quienes podrán incluir en su hoja de vida el haber tenido el honor de ayudar a transmitir la energía creadora del deporte, representada por el fuego sagrado.

* Ciro Solano Hurtado

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