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La entrevista a José Obdulio

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Leí con mucho interés la entrevista con el asesor presidencial José Obdulio Gaviria, que se publicó el 21 de septiembre en El Espectador.

Coincido con el entrevistado en que la mayoría de sus contradictores son unos ignorantes cuando lo comparan con Goebbels, el jefe de propaganda de Hitler. Me parece en cambio que a José Obdulio le cabe mejor una comparación con Potemkin, el favorito de Catalina II de Rusia, con una pequeña variación: Potemkin, que contribuyó a la conquista de Crimea, mandaba construir idílicas fachadas de pueblos que en realidad no existían en la nueva provincia, para que a su paso por allí la soberana viera las supuestas “maravillas” que en realidad encubrían la desastrosa situación de la región.

José Obdulio hace algo parecido, pero en vez de molestarse con crear apariencias, borra del mapa todo lo que pueda ofuscar a su jefe, negando su existencia sin que se le mueva un músculo de la cara. Así pues, en Colombia no hay conflicto armado, el paramilitarismo dejó de existir, las Águilas Negras son una especie de marca registrada sin presencia material, las guerrillas de las Farc son cosa del pasado y el narcotráfico un problema resuelto, para no mencionar la desaparición súbita de tres millones de desplazados que se convirtieron por arte de la retórica del asesor presidencial en “migrantes”.

Lo grave de este síndrome no es que José Obdulio se convenza de sus propias fantasías, sino que el Presidente va y las repite en foros internacionales como si de verdad él fuera la única fuente de información que existe en el planeta sobre Colombia. No sorprendería entonces que así como han desaparecido milagrosamente todos los azotes arriba mencionados, empiecen a desvanecerse definitivamente otras cosas como la posibilidad del TLC, los flujos constantes de inversión extranjera de los cuales el país ha disfrutado durante los últimos años y la duramente ganada credibilidad del país en ciertos espacios de la arena internacional bajo la promesa de verdad, justicia y reparación. Porque lamentablemente las fosas comunes y los relatos y evidencias de víctimas y victimarios de la violencia colombiana del último cuarto de siglo ya han quedado grabados en piedra como parte del doloroso prontuario nacional que el señor Gaviria se empeña en hacer desaparecer.

 Helena de la Torre. Bogotá.

Ojo por ojo

Quiero referirme al artículo de Santiago La Rotta (El Espectador, martes 23 de septiembre, p. 24) titulado “Ojo por ojo, caos seguro”. Estoy de acuerdo con la pertinencia del debate sobre justicia “legal” y justicia “de propia mano”. En lo que difiero es en insistir siempre en la oposición entre razón y pasión y/o entre orden y desorden. Y en limitar el debate en términos de “descomposición social”.

Se ha tendido desde hace mucho tiempo a pensar en términos dialécticos. Sin embargo, a mitad de camino entre los autores citados por el artículo, es decir, Hobbes y Rousseau, está Spinoza. Y con él, podemos acceder a otra mirada sobre lo político, que no se quede en las políticas del miedo de Hobbes o en el contrato social de Rousseau. Recordemos que para Hobbes los hombres son “asesinos por naturaleza” y para Rousseau son “bondadosos por naturaleza”. Para Spinoza no son “buenos ni malos”. Simplemente actúan arrastrados por las pasiones tristes y no usan adecuadamente su entendimiento para procurarse lo que los haría más felices. Allí encontramos lo que el filósofo italiano Remo Bodei llama “geometría de las pasiones”. En otras palabras, Spinoza, si bien es un racionalista, no define la pasión solamente como algo reactivo. Nos habla más bien de pasiones “activas” y “reactivas”.

En ese plano, creo que vale la pena no limitarse a consultar sólo fuentes “jurídicas” cuando se hable de estos temas. Quizá sea conveniente recordar también que debería distinguirse entre “pueblo” en un sentido pasivo y reactivo y “multitud”, todo esto en términos spinozistas.

 Gabriela Pain. Popayán.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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