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El trágico accidente de un bus de la empresa Rápido Ochoa, en la carretera Quibdó-Medellín, es un testimonio fehaciente de la indolencia de los gobiernos central y del Chocó, en cuanto al desarrollo vial de ese departamento.
De hecho, es una responsabilidad compartida entre el poder central y la inoperante clase dirigente chocoana, que tiene una enorme cuota de responsabilidad en el caos vial de la región.
El actual gobierno no ha sido la excepción en relación con las promesas viales incumplidas. En el primer Consejo Comunal de Gobierno que se realizó en Quibdó en el cuatrienio anterior, el presidente Uribe afirmó: “no se puede seguir demorando la vía al Pacífico por el Chocó, tiene que haber plata para esta obra”. Se van a cumplir ocho años de gobierno y todo sigue en veremos. En efecto, ni siquiera se han logrado las licencias ambientales para la construcción de los dos últimos tramos de la carretera Panamericana y sigue en mora la terminación de la centenaria ruta Nóvita-Cartago.
Ahora de nuevo el presidente Uribe anunció que pronto se abrirá una licitación por $130 mil millones para ejecutar obras de pavimentación y rectificación de las trochas Quibdó-Pereira y Quibdó-Ciudad Bolívar. Una decisión tardía que se toma 13 años después de que el consorcio Sesac-La Vialidad entregó los estudios del trecho Quibdó-El Siete, cuyo costo de construcción en 1996 fue evaluado en $123 mil millones.
Profeso una gran admiración por el ministro de Transporte Andrés Uriel Gallego, por su calidad humana e intelectual, pero tengo muchos reparos sobre su gestión en torno al desarrollo vial y portuario del país. Sin embargo, reconozco el gran esfuerzo que ha hecho para sacar adelante algunos proyectos viales.
En el caso del Chocó prometió un cambio radical en la infraestructura vial y portuaria, pero finalmente los resultados son frustrantes, sólo se han pavimentado en la mal llamada carretera Quibdó-Ciudad Bolívar unos cuantos kilómetros entre La Mansa-El Siete, los cuales fueron entregados inconclusos y en mal estado. Igual sucede en la vía a Pereira, en donde los trayectos contratados están inmersa en los líos de los incumplimientos del Plan 2.500 y la construcción del puerto de Tribugá se diluye en elocuentes de promesas.
A raíz de la nueva tragedia vial en el Chocó, me volví a leer el texto “Anotaciones sobre la infraestructura de Antioquia”, escrito por el doctor Gallego y publicado con motivo de la celebración de los 90 años de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros y Arquitectos.
Un documento que ilustra la mutación que ha sufrido el ministro Gallego, porque al leer dicho texto uno se sorprende del abismo que existe entre los planteamientos del entonces profesor de la Escuela de Minas de la Universidad Nacional y lo que ejecuta como ministro. En aquel análisis el ingeniero Gallego planteó: “El puerto multimodal de Quibdó será importante para Antioquia como para el occidente colombiano, el suroeste antioqueño y el Eje Cafetero podrían transferir las mercancías en Quibdó y reducir los fletes al utilizar el transporte fluvial, que es más económico y seguro”.
Aseguró: “Antioquia para su desarrollo físico requiere de la recuperación fluvial del Magdalena y el puerto de transferencia del Atrato” y, desde luego, argumentó que la distancia de Medellín a Puerto Berrío es de 191 kilómetros y a Barranquilla de 700 kilómetros. Por lo tanto, demostró que “la distancia de Medellín a Quibdó es de 227 y desde Quibdó al Caribe 500 kilómetros”. Por consiguiente, es una alternativa que ofrece una gran ventaja en costos de fletes y tiempo.
Además, indicó que “desde el Valle de Aburrá hasta Tribugá hay una distancia de 300 kilómetros que reducirían en un 40% la distancia a Buenaventura” y concluyó que “el beneficio para Antioquia de un puerto de la naturaleza de Tribugá es enorme y en el futuro se hace necesaria una línea férrea desde Bolombolo que permita la salida del carbón y del café hasta ese puerto”. ¿Por qué durante estos años frente a dicha cartera no ha sido una prioridad la modernización de la vía Medellín-Quibdó, que es la salida más corta de Antioquia al Pacífico? Esta es una síntesis de lo que predicó como profesor y lo que ejecuta como ministro.
José E. Mosquera. Medellín.
Camilo Torres y el Eln
A 43 años hoy de la muerte de Camilo Torres Restrepo y 80 de su nacimiento, triste es observar que no quedan indicios de lo que fue el Ejército de Liberación Nacional —Eln—, al que recién fundado, adhirió Camilo en 1965, y apena que las esperanzas de rescatar su cadáver se hayan esfumado.
Camilo prefirió incorporarse al Eln, no al Bloque Revolucionario del Sur del Partido Comunista, que se transformaría en las Farc, porque, como lo expresó a Marta Harnecker, encontró los mismos ideales y objetivos de su Frente Unido, la realización de una unidad por la base, sin diferencias religiosas ni de partidos tradicionales, sin caudillismos, que buscaba liberar al pueblo de la explotación del imperialismo.
Con el tiempo, el Eln se ha deslegitimado y degradado, aliado hoy en Cauca y Nariño con Los Rastrojos, mafias del narcotráfico, a sabiendas de que la droga corroe todo, practicando el vil secuestro y actos terroristas. En diciembre pasado, miembros del frente Domingo Laín activaron explosivos cerca del cementerio de Fortul, Arauca, a donde se dirigían 9 policías al levantamiento de un cadáver. Murieron cobardemente acribillados, indefensos.
A su vez ha desaparecido el cadáver de Camilo, que el Eln simbólicamente cargaba como a nuevo Cid Campeador, contrariando sus enseñanzas y reacio a rechazar el secuestro como medio de lucha.
Gustavo Pérez Ramírez. Pichincha, Ecuador.
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