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Los nobeles no van a talleres

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Cuando a Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura de 1954, se le preguntó por cuál era el mejor entrenamiento para un escritor, respondió: «Una infancia infeliz».

Hemingway hablaba de su propia vida, pero había resumido con notable acierto el entrenamiento que parece predilecto para los escritores galardonados con el Nobel.

La pregunta sobre el carácter del oficio del escritor —¿inspiración o disciplina?— ha fragmentado con cierto extremismo a lectores, editores, periodistas y escritores mediocres. A quienes alcanzaron la cima de la literatura (que es la historia, no un premio), parece atraerles la idea de un acuerdo más o menos general sobre esta discusión: no les importa. Son herméticos y orgullosos, agnósticos de la inspiración, jueces pero no parte de la disciplina. Son escritores de un tipo infrecuente en la actualidad: solitarios.

Los escritores de hoy, al contrario, buscan con febril impaciencia estar acompañados, rodeados de gentes como ellos. Algunas veces a esas reuniones las llaman recitales. Otras veces encuentros académicos. Otras veces orgías. Y cuando esos tres elementos se mezclan hasta construir una masilla amorfa sin fronteras, los llaman talleres.

Allí, en los talleres, se da forma y carácter a los más altos talentos de la literatura universal. Cada taller es, a su peculiar modo, un movimiento que mutará hasta los cimientos a la literatura universal. Cada taller es, a su peculiar modo, la mítica caverna que abriga a dos o tres genios literarios. Cada taller es, pues, a su peculiar modo, igual a los demás.

La verdad contraria a las esperanzas de los talleres literarios es que la mayoría de los escritores más importantes jamás asistieron a uno. Lo más cercano a la formación literaria de los premios Nobel de literatura fue la universidad, y aún allí acudieron a estudios diversos: ingeniería, leyes, filosofía… Y otra verdad contraria a esas mismas esperanzas es que, en un buen número de casos, nunca asistieron o abandonaron sus estudios y vivieron de labores que un buen tallerista consideraría humillantes.

Algunas de estas personalidades fueron incluso vagabundas. Por varios años. En diferentes países. Es el caso de Harry Martison, premio Nobel (junto con E. Johnson) de Literatura de 1974, controvertido año en que el público esperaba el galardón para Graham Greene o Vladimir Nabokov.

La anécdota de cada uno es tan extensa como su obra. ¿Estudiaron? Sí: ¡incansablemente! Pero no lo hicieron en talleres literarios o en universidades, sino en burdeles, a bordo de transatlánticos, bajo el cálido hormigón de un puente, entre las piernas de un bondadoso extraño. Su pasión literaria siempre los mantuvo alejados de los círculos literarios, antros de prestidigitación donde la hoja en blanco es intercambiada por un mal verso y media docena de halagos. 

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Juan Villamil

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