Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Recientes afirmaciones periodísticas acerca del excomisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, ilustran una triste lección sobre el mundo de desinformación en que vivimos a cuenta de algunos medios serviles del poder.
A un hombre excepcional se le presenta como un pinocho falaz, un ladino orquestador de engaños, traidor del mundo intelectual, personaje sin principios que defraudó al país. Los comentarios aportados por los lectores lo sumergen a uno en franca perplejidad cultural y moral: ¿qué raza es ésta de hombres que no distinguen entre un bandido y un hombre de bien? ¿Entre el valor civil y la “tembladera ética” de que él habla con propiedad? ¿Entre el valeroso compromiso público con la paz del país en su momento más convulsionado y el acomodamiento habilidoso de los políticos?
Mas, así como la opinión desinformada no debe juzgar ligeramente a Luis Carlos, tampoco debe juzgarse a la ligera a los despistados lectores. No se sabe ya qué pensar sobre la cacería desatada con algunos funcionarios del cuestionado gobierno Uribe, cuando se contrasta la información que sobre ellos dan los diarios con la que dan sobre Restrepo. Si ésta resulta tan falseada, ¿qué sucede con las otras? Si una definición cínica de la política es el arte de mentir para manipular la opinión y conservar el poder, Colombia cosecha la mejor política del orbe.
Quienes conocemos de cerca a Luis Carlos admiramos sobre todo su integridad intelectual y moral. Alguna vez escribí que él esconde un niño maravillado por las complejidades del conocimiento y que, apasionado por la verdad y la libertad, asumió el reto de contrastar la teoría con la realidad. Raros son los filósofos que se arriesgan a probarse en el mundo, prefiriendo la distancia contemplativa. Son los intelectuales que se inauguraron en la defensa pública del capitán Dreyfus. Ese acto de valor pudo ser su gran error. Creer que podía servir a su país sin pagar por ello. Nos enseñaba otro maestro, César Constaín: “No hay obra, por buena que sea, que no tenga su castigo más o menos inmediato”.
Luis Carlos es uno de los psiquiatras más brillantes de todos los tiempos en Colombia, escritor prolífico, filósofo aplicado y original, y frustrado político. Un humanista en todo el sentido de la palabra. Desde la buena política desbordó el ámbito psiquiátrico para enfrentar el más grave problema de salud mental del país: la violencia. “Utilizando armas políticas, con cautela de terapeuta”. Después, él mismo confesó como debilidad haber incursionado en un campo que exige cuero duro y para el cual carece de talento. Fue una osadía. Pero eso no lo convierte en delincuente. Si acaso pecó de ingenuidad. Quien conozca su temple y su firmeza, sabe que es incapaz de una indelicadeza moral, menos de un delito. ¿Que a las personas honradas suelen utilizarnos? Por supuesto. Haber sido alto comisionado de paz de un gobierno que combatió exitosamente a guerrillas y paramilitares le granjeó mortales enemigos. Estos curtidos criminales le notificaron que dado que no han podido asesinarlo, lo destruirán jurídicamente. Mas lo que resulta increíble es que el nuevo gobierno en vez de protegerlo, prestándole credibilidad a sus enemigos lo arroja al foso de los leones.
Si una Fiscalía contaminada por valores opuestos a los que representa Luis Carlos insiste en condenarlo, invito a psiquiatras, escritores, filósofos, intelectuales, hombres de bien, y a los millones de colombianos a quienes su gestión de paz lograda a tan altos costos reportó tangibles beneficios, a unirnos como un solo hombre para defenderlo en un yo acuso público, independientemente de posturas ideológicas o políticas: es la defensa de la verdad frente a la mentira, del bien frente al mal, del valor frente a la cobardía, de la dignidad frente a la vergüenza, de la inteligencia frente a la necedad. Alguien tiene que hacer públicamente lo que hasta ahora a nadie se le ha ocurrido: decirle a Luis Carlos Restrepo, gracias.
* Psiquiatra y escritor.