No te dejaré dormir

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Después de leer Los peligros de fumar en la cama (Laguna Libros), de la argentina Mariana Enríquez, pienso en cómo se escribe terror en los tiempos actuales, cuando creímos haberlo visto todo, cuando no hay nada que nos asuste más que la realidad misma.

Por: Juliana Muñoz Toro

Con Enríquez, el verdadero terror se explora dentro del alma humana, hasta llegar a esos rincones donde se van arrumando los deseos secretos, la depravación, lo incorrecto. Se destacará el más distinto, que no es el más bello ni el más bueno. Se sentirá placer en la autodestrucción, como la mujer que se sumerge en una bañera con nubes de sangre o aquella que, en el cuento que le da título al libro, va quemando las sábanas con su cigarro para que a través de ellas la lámpara se refleje como estrellas.

La clave de estas historias no necesariamente es la fantasía. Hay una pregunta sobre quién tiene el poder. Enríquez sugiere algunas imágenes que podemos asociar con una dictadura latinoamericana y sus desaparecidos. No son las marionetas que vemos, sino las manos que llevan los hilos. Esa figura es la más difícil de identificar y por eso a veces pareciera sobrenatural.

Los protagonistas son casi siempre mujeres y la trama suele desarrollarse en contextos juveniles, como el despertar sexual, una página de chat o jugar a la ouija. Pero no hay inocencia. Hay turbulencia, fetichismo. En Dónde estás corazón la protagonista desarrolla un placer secreto por el palpitar de enfermos cardíacos. Está fascinada con que, al igual que los tísicos, puedan morir en cualquier momento y sólo pocos puedan apreciar esa belleza íntima y arruinada: “quería verlo. Apoyar mi mano sobre el corazón despojado de costillas, de jaulas, tenerlo en la mano latiendo hasta que se detuviera”.

La autora recrea en la actualidad las historias de las abuelas y ese imaginario popular fantástico. En El desentierro de la angelita, la figura central no es un fantasma y sí lo es, no es un zombi y sí, no es una alucinación y sí. Pocas imágenes tan terroríficas como la de un bebé con alas de cartón que camina mientras su piel se cae a pedazos.

Está la desilusión como lugar de terror. En La rambla triste, Barcelona ya no es la ciudad a donde todos quieren ir, sino de la que todos quieren huir y algo no los deja. Hay un olor mortecino, locos, niños infelices para siempre. Al fondo podría encontrarse de nuevo la pregunta del poder, esta vez como el control y la mal llamada limpieza social. Enríquez sabe dónde terminar sus historias, que es ese punto en el que se acaba de revelar algo y el lector pregunta: ¿ahora qué va a pasar? Y ella parece responder: “Ahora nada. Ahora no te dejaré dormir”.

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