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Nos falta tanto…

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Con lo que van a leer tal vez me gane un par de “madrazos”; no importa. Me gusta Colombia, claro que sí. Aquí nací y crecí. No voy a decir que es mejor o peor que otros lugares en el mundo, no soy del tipo nacionalista o de las que se avergüenzan. Lo que quiero es compartir el sentimiento que me acompaña cada vez que viajo fuera del país a ciudades que por algún motivo parecen más civilizadas que las nuestras.

La única pregunta que cruza de manera constante por mi cabeza es, ¿por qué? Sí, por qué convivir es tan difícil para nosotros, por qué nos gusta saltarnos las reglas, la lógica, por qué educarnos en políticas públicas es tan complicado, por qué todavía no sabemos para qué sirve una direccional y en vez de dar el paso nuestro afán es quitarlo, por qué nos cuesta tanto priorizar al peatón, por qué no confiamos en el otro, por qué no somos puntuales, por qué los buses paran en cada esquina tres y cuatro veces, por qué no nos acostumbramos a los paraderos, por qué un taxi decide si te lleva o no, por qué nos gusta colarnos, por qué no hacemos fila, por qué nos fascina esa espantosa ley del más vivo de la cual nos sentimos tan orgullosos, por qué nos gusta “tumbar” al otro, por qué sobornamos cuando incumplimos la ley, por qué nos encanta decir “¿usted no sabe quién soy yo?” —como si el otro no fuera nadie— para escaparnos de nuestros deberes, por qué, por qué, por qué… No encuentro respuesta a nada de esto sin tener que hacerme más preguntas. No sé dónde radica el fallo, no sé ni siquiera de dónde viene todo esto, en qué momento nos saltamos ese paso de la planeación y organización de una ciudad, de una sociedad. La realidad es que hay cosas que en Colombia no funcionan o simplemente funcionan de otra manera. Esa manera me frustra. Nos frustra. La posibilidad de ser mejores se queda en ese pensamiento cerrado de “sálvese quien pueda”.

Pero viajar fuera del país cambia el pensamiento. Allá hay que comportarse como lo hacen los otros, seguir las reglas que se han establecido. Y cuando se hace, es mágico sentir que todo funciona mejor. Es una especie de bienestar que acompaña y que infortunadamente lo obliga a uno a comparar. Viajar da eso. Enseña a ser una mejor persona, enseña a comportarse para una mejor convivencia —esta palabra es tan aburrida pero tan llena de significado— en sociedad. Lo que no aprendemos en casa, nos toca por fuera. Aunque debería ser lo contrario, eso ya lo sé.

Pienso en esa frase de las tías: “Ay, ese señor sí que es viajado”, y de repente cobra sentido. Viajar fuera del país no es bueno sólo por el simple hecho de conocer lugares nuevos, excitantes, desoladores o paradisiacos —eso es lo obvio—, sino porque conocer cómo funcionan las cosas en otros lugares es conocernos a nosotros mismos, es comprender quiénes somos y cómo nos comportamos. A mí, por momentos, me avergüenza. Si tiene la oportunidad, salga, conozca y compare. Tráigase lo mejor de cada lugar a ver si empezamos a construir un país que prometa mejorar en un futuro próximo. Yo por ahora, me mantengo en mi pensamiento más escéptico.

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Carolina Cuervo Navia

@cuervocarolina

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