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Nuevo año en Arabia

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Despierto al nuevo año con el llamado a la oración desde la mezquita del jeque Zayed en Abu Dhabi.

La primavera árabe no ha florecido aquí. Los gobernantes de los Emiratos Árabes, como los de Omán, Bahrein, y Arabia Saudita han mezclado el poder de sus considerables chequeras con el de sus ejércitos –o a falta de ellos, ejércitos a sueldo- para asegurarse de que nada parecido a lo sucedido en Túnez o Egipto ocurra aquí.

Al mediodía, los turistas esperan a que termine la oración para entrar a la mezquita. Está hecha de mármol blanco, labrado con motivos geométricos que recuerdan los jardines de La Alhambra en Granada. Es magnífica.

Cuento al menos una docena de domos y cuatro minaretes que guardan un gigantesco patio. Desde ellos se invita a los fieles a contemplar el fin de la vida humana en comparación con la infinitud que representan los cielos sobre las arenas del desierto y sobre ellas las estrellas en el cielo.

Todo ello, las arenas, las estrellas y los cielos son un don de Alá. En el Islam, el apocalipsis no implica el retorno de algún rey mesiánico o el fin sino más bien la naturaleza inconmensurable de ese don. Antes que pretender hallarse en posesión de la verdad, esta religión invita a contemplar la vastedad de lo desconocido. No se trata de un credo de límites, cálculo y control sobre el destino propio. Al contrario, parece toda ella una sola pregunta: ¿puedo renunciar a mi voluntad de querer abarcar el infinito? El Corán puede ser leído como un poema a la curiosidad insaciable. Me impresiona.

Antes de entrar a la mezquita, las mujeres deben cubrirse de pies a cabeza. No así los hombres. Confieso no entender esta distinción. Quizás no comprenda eso que llaman “culturas”, pero la palabra discriminación me viene a la mente. En este país, si una mujer casada hace un gasto, su esposo recibirá un mensaje de texto en su teléfono de última generación advirtiéndole sobre el hecho. Otro tanto si a ella se le ocurre salir del país.

Se me ocurre que ello poco o nada tiene que ver con el espíritu de renuncia a la voluntad y el control que puede leerse en el Corán, o con el significado antiguo del hiyab. Recuerdo que en Arabia Saudita a las mujeres no se les permite manejar un automóvil, una forma de control que las reduce a estar por debajo de las máquinas, y no puedo evitar un cierto malestar.

Mi rector en Birkbeck, Eric Hobsbawm, hizo en estos días una analogía alentadora entre la primavera árabe y las revoluciones de 1848. Pero advirtió también contra entusiasmos apresurados. Recordó a Irán en 1979. “Hay aquí un elemento ideológico innecesario”, dijo. Y se me antoja que no tiene que ver solamente con el hecho de que los liberales y los comunistas están haciendo concesiones al islamismo. Aquí hay demasiado dinero. Y éste tiende a fomentar otro fundamentalismo.

*Analista y profesor del Birkbeck College de la U. de Londres.

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