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En esta ocasión me dirijo a El Espectador para expresar mi más alegre respaldo a uno de los trabajos periodísticos recientemente publicados, y mi total discrepancia con un detalle de otro.
La felicitación va para la columna de Juan Carlos Botero “El racismo de coctel: ¿inofensivo?”, aparecida el sábado 27 de septiembre de 2008. Todo un poema a la tolerancia y la pertinencia que, con donaire, quita la máscara a tantos retardatarios disfrazados de liberales y demócratas, quienes por estos días —y ante la eventual victoria de Barack Obama en la contienda electoral estadounidense— se dedican a conjurar las úlceras silenciosas, generadas por la mera posibilidad de un cambio en el matiz de las cosas, con toda suerte de gracejos segregacionistas. Botero le bloquea las arterias carótidas al engendro de la intolerancia al indicar que la violencia racial emana de “esos comentarios anodinos, de aire inofensivo”. Con ello honra la impecable e implacable tradición de repudiar sesgos y subterfugios que, desde 1887, don Fidel Cano Gutiérrez y sus sucesores salvaguardan con valentía. Hecho notable en estos días en los cuales, y tratándose de prensa, el aforismo para juzgar lo que al cubrimiento de la campaña electoral norteamericana concierne, bien puede ser: “por sus titulares y sus análisis los conoceréis”.
Lo antedicho por cuanto en nuestro contexto el proyecto de Obama ha sido saludado a menudo con infinidad de distorsiones, escepticismos y toda suerte de críticas equívocas. Aun examinadores ponderados le han reprochado al candidato demócrata haber descartado a Hillary Clinton como fórmula, sin advertir que optar por un varón blanco como Joe Biden para vicepresidente era la única forma de renovar la tradición y cuestionar el imaginario estadounidense, pues en el gran país del norte (como obviamente aquí) el afroamericano siempre fue subalterno del blanco (y la mujer del hombre, como también en Colombia). Elegir a Hillary como segunda, aunque invirtiera colores de piel en la escala de poder, habría mantenido la parte principal del estereotipo vigente, esto es: primero el hombre, la mujer después.
Hasta allí mis elogios, porque mi más respetuoso rapapolvo va para un aspecto del artículo publicado el jueves 25 de septiembre de 2008 con el título de “Hombres antimatrimonio”. El texto afirma (página 15, sección Vivir, recuadro superior derecho) que para los spurmos (o solterones obstinados) “los descubrimientos de este físico son resaltados por sus implicaciones históricas y porque no fueron obstáculo para gozar de la compañía de las mujeres”. Cuando lo leí, el asunto me confundió un poco (el verbo “gozar” puede interpretarse en muchos sentidos pero, como sea, Newton era bastante asocial) pues, según sabía, a Newton únicamente se le conoció —en toda su vida— un solo leve y casto rasgo de amor adolescente (e incluso éste se discute). Ni siquiera tenía 19 años. Fue con Anne Storer, la hijastra del boticario William Clarke, en cuya casa se alojaba cuando estudiaba en la King’s School de Grantham, antes de que el futuro gigante de la ciencia marchase a la Universidad de Cambridge. Como pensé que mi memoria fallaba, revisé dichas fuentes que me confirmaron en mi aserto. Así que intrigado ingresé a la página de los spurmos en la red (http://www.spurmo.com/index.html), donde, efectivamente, encontré a Newton en la sección spurmos históricos junto con Jesucristo, Ásterix el galo (de los cómics), Beethoven y otros más. Sin embargo, la referida página sólo dice de Newton que fue el inventor de la Ley de la Gravedad.
De manera que, salvo que sean los mismísimos inventos de Newton los que no fueron obstáculo para que otros hombres gozaran de la compañía de las mujeres (tal cual se publicó, el discutible párrafo genera confusión), parece que la autora del artículo articuló (valga la cacofónica redundancia) alguna información inexistente al texto que consultó en internet, la cual por añadidura divulga una generalización injusta: no todos los solteros empedernidos lo son para “gozar” de la compañía de las mujeres”, faltaba más; por el contrario, algunos los hay que quieren estar lejos de todas, y otros también que simplemente no se les pasa por la cabeza ningún tipo de relación ni homo ni heterosexual. Démosle el beneficio de la duda a la castidad y al aislamiento y evitemos ambigüedades que puedan suscitar suspicacias, al menos para con el magno Sir Isaac. Téngase presente que infinidad de grandes pensadores y artistas fueron casi asexuados; tal es el caso, entre muchos otros (y dejo pendiente el correspondiente listado de mujeres que optaron por similar opción), de Henry Cavendish, Franz Kafka, Immanuel Kant, Erik Satie, Soren Kierkegaard, Gottfried Leibniz, René Descartes, Spinoza, Voltaire, Platón, Heráclito y, por supuesto, Newton (lo cual acaso explique su salud excepcional, pues apenas tuvo achaques en los últimos cinco de los 84 años que vivió).
Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá.
Reclamos
Como suscriptor del El Espectador (y aunque no lo fuera), quiero hacer dos observaciones:
1- ¿Cómo es posible que un periódico de su categoría le dedique, con todo el despliegue posible, la primera página aun individuo como Royne, como si fuese algo sensacional o que aporte algo positivo para los miles de lectores que tenemos que sufrir esa clase de dasafueros, existiendo tantas otras cosas y personas a las que vale la pena destacar. Me resisto a creer que El Espectador necesite recurrir a la ordinariez para tener mayor, que no mejor, audiencia.
2- En la sección deportiva de días pasados apareció esta joya: “El delantero vallecaucano, nacido hace 30 años en Tumaco, Nariño…”. Por favor, que el periodista deportivo que lo escribió, y quien se lo publicó, reciban cursos intensivos de geografía y sobre gentilicios, por lo menos.
Ary J. Vivas. Bogotá.
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