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DOS MILLONES DE EXTASIADOS gringos, un crisol de etnias y culturas, pudimos observar en las transmisiones por televisión de la posesión de Barack Obama.
El mundo entero con los ojos puestos en la Casa Blanca, atento al vestido de Michelle, la pinta de las hijas, la presencia de grandes líderes negros y Aretha Franklin, la señora del blues, como gran espectáculo. De ella: impecable, con un atuendo que únicamente puede lucir alguien con esa trayectoria y esa categoría. Y en el resto de los países celebraciones variopintas, como en Turbaco (Bolívar) que declararon día cívico. Toda esa revolución la causa el advenimiento de un ciudadano de ascendencia afroamericana a la Presidencia de la gran potencia. Lo que no es poca cosa. En verdad, ni en los sueños democrateros más alucinados alcancé a ubicar a un negro allí. Pero eso no significa que la política de Washington ha cambiado, que las siete hermanas multinacionales que lo gobiernan estén contentas, que los guerreristas de Cheney hayan colgado las armas, que los wasp (blanco-anglosajón-protestante) estén celebrando.
Más que con el concierto de naciones de este mundo globalizado, Obama tendrá que luchar contra el enemigo interno para lograr hacer realidad su promesa de cambio. Es un buen hombre, tiene talla de estadista, está preparado, quiere el cambio pero no lo conseguirá si no se pellizca el país, todos se aprietan el cinturón y aceptan e interiorizan el concepto de la multiculturalidad, que en ninguna otra nación es tan evidente, y tan negada. Mientras sigan hablando de minorías (ya mayoritarias) no se dará el cambio, que debe iniciarse en cada persona: los unos para sentirse incluidos y los otros para dejar de segregar.
Su discurso, liberal en toda la extensión de la palabra, podría haber sido pronunciado en la Inglaterra de la Revolución Industrial. Tuvo la fortuna de no cabalgar en el triunfalismo y a cada quien le sirvió su presa, como un buen anfitrión al compartir su mesa. Sí, un negro ha llegado a la Casa Blanca, pero la verán negra durante los próximos años de recesión y reacomodamiento de fuerzas políticas. La emoción genuina durante la transmisión de la posesión de Obama no alcanzó a borrar un pensamiento: ¿lo eligieron porque un país tan descuartizado y en evidente desmorone era mejor dejárselo a un negro o a una mujer, para que cargue como minoría con el desastre?
Suena estrambótico y desfasado este argumento, pero un acercamiento a la posmodernidad permite validarlo, porque mientras se eleva a las cumbres de los gobiernos a mujeres y representantes de etnias segregadas universalmente, en la cotidianidad de las naciones seguimos siendo testigos de que la situación real de estos grupos no ha cambiado, que la sociedad, aquí y allá, los sigue considerando ciudadanos de segunda categoría, que sufren toda clase de vejaciones y son víctimas de la iniquidad social.