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Otras preguntas para el general Maza Márquez

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Todos los colombianos presenciamos en el año 1989 una de las arremetidas más violentas contra el Estado. Todas las bombas y los muertos se los adjudicaron a Pablo Escobar, pero todos sabemos que él no actuó solo.

La mafia del narcotráfico ya había permeado a la clase política durante las campañas de Belisario Betancur y Alfonso López Michelsen, muchos millones corrieron a través de intermediarios como Santofimio, Lucena Quevedo, Durán Dussán, Arias Carrizosa, Víctor Renán Barco, Guerra Serna, César Pérez, pertenecientes a la casa López, decididos a reelegir a su jefe al precio que fuera. Igual situación se dio en la constituyente del 91.

Cuando se arreció la ofensiva contra Escobar, éste no se quedó quieto y utilizando su poder económico, infiltró el DAS, algunos de cuyos agentes brindaron información clave para asesinar en mayo del 89 a Álvaro González S., padre de la jueza que investigaba al capo; en junio a Antonio Roldán B., gobernador de Antioquia; en julio a María Elena Díaz, otra jueza investigadora, y en agosto al magistrado Carlos Valencia.

Por esos días se escuchaba el rumor de un posible golpe de estado contra el presidente Barco por fuerzas combinadas del alto mando militar y el cartel de Medellín, uno de cuyos jefes, Henry Pérez, se ufanaba de ello. Alegaban incapacidad política para gobernar y enfermedades graves que le impedían ejercer a plenitud el poder.

Para ello acudieron al terror y aprovechando la coyuntura, agentes del DAS participaron directa o indirectamente en febrero de ese año en el asesinato de Teófilo Forero, en marzo en el atentado a José Antequera y Ernesto Samper Pizano, en agosto en los asesinatos del coronel Valdemar Franklin R. y Luis Carlos Galán Sarmiento, en septiembre la bomba a El Espectador, en octubre a Vanguardia Liberal y por último en noviembre es derribado el avión de Avianca donde viajaría el candidato César Gaviria y donde según la prensa sus guardaespaldas infiltraron información clave para que el atentado no fallara.

Todos esos atentados fueron de una precisión asombrosa, sólo fallaron en los del general Maza Márquez, uno en mayo y otro en diciembre, en el carro bomba del DAS, que selló la cadena de componendas para hacerle creer al país que el general era enemigo de la mafia. En ese entonces el rumor de golpe de estado cobraba más vidas y más lógica.

General Maza Márquez, usted estuvo en el DAS entre el 85 y el 91 y en ese período fueron asesinados, además de los anteriores, en el 86 Guillermo Cano, en el 87 Luis Felipe Vélez, Héctor Abad G. y Jaime Pardo Leal, en el 88 Carlos Mauro Hoyos y en el 90 Bernardo Jaramillo O. y Carlos Pizarro. En la mayoría de esos asesinatos aparecen implicados agentes del DAS.

 Eli Moreno. Bogotá

Literatura y cine

Interesante el artículo de Ricardo Bada (El Espectador Nov. 19 /10) acerca de la interminable discusión de la preeminencia del texto literario sobre la narrativa fílmica. Sin embargo, considero que la cuestión debe centrarse más en analizar qué va entre ellos. Desde esta perspectiva, creo que cada lenguaje necesita ser analizados desde el punto de vista y los códigos que les son inherentes.

El cine, fruto de una multiplicidad de factores: director, productor, guionista, camarógrafos, luz, color, efectos, etc., y el texto literario producto de una individualidad tienen sus propios parámetros para medir su impacto estético. De modo que aplicar el mismo rasero para ambos se sale de lo que podría considerarse un análisis objetivo (hasta donde esto es posible). Ya lo dijo Bergman en alguna ocasión: “Dejar que un especialista en literatura critique un filme es tan irrazonable como que un crítico musical juzgue una muestra de pintura o que se confíe a un comentador deportivo la tarea de resumir una representación teatral”.

En últimas, la cuestión no gira en cuál supera a cuál, pues la discusión puede tornarse bizantina, sino de ver la narración fílmica como un hipertexto susceptible de ser cotejado con el texto que le dio origen para realizar un paralelo que enriquezca ambos productos estéticos y el lector-espectador gane con esta intertextualidad.

 Bernardo David David. Bogotá.

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