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Parte humana del Pico y Placa

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La mayoría de los habitantes de Bogotá recibimos con expectativas la restricción ampliada del Pico y Placa para los vehículos particulares.

De una u otra forma, estamos atentos al desarrollo y efectos de esta medida de fuerte impacto en la vida cotidiana de los ciudadanos. La cercanía de la fecha en que ésta se ha instalado, no permite deducir resultados que muestren o no su conveniencia; además, este es tema de expertos en movilidad.

Ésta como toda medida que afecta a la ciudadanía, golpea las costumbres, los usos y pone de presente  características de la idiosincrasia de la población, que sobresalen cuando se les somete a prueba a través de una propuesta de cambio como la mencionada.

Sin embargo, esto contrasta tajantemente cuando frente a la  ampliación del horario de Pico y Placa, las reacciones generales han sido rápidas, fuertes y ruidosas, y  su mayoría encaja en un rasgo propio de esta capital: el individualismo. Las quejas que se oyen, por mucho que se intenten racionalizar, apuntan a la incomodidad que representa tener que compartir el transporte público, o aún más, compartir el vehículo propio con otros, inclusive los conocidos que  van en la misma dirección y que bien podrían alternar el vehículo según la placa y el día. Bogotá sigue siendo una ciudad cerrada, cuya población se mueve en círculos concéntricos, donde no se ejercita la palabra compartir, cambiada por la fría indiferencia ante lo que le ocurre a los demás. La territorialidad bogotana comienza en el propio yo y termina en los parientes más cercanos.

Lo comunal, no existe. Es necesario un vínculo previo, para que un ciudadano auxilie a otro en cualquier percance por elemental que sea. El concepto de ciudadanía aún no ha nacido aquí. Lo comunitario, la fortaleza de la unión en equipo, si acaso está, es demasiado débil. Paradójicamente este fenómeno se hace más agudo, cuanto más alta es la clase social o económica o cultural de los habitantes. Las necesidades que comparten las clases menos favorecidas, mantienen despierta la sensibilidad y sirven de pegante para manifestaciones de solidaridad cotidianas que no se aprecian en las clases privilegiadas.

El triste imperio del individualismo, no puede hacer parte de los elementos de valor que permitirán sopesar con cierta objetividad las bondades de la medida de restricción vehicular.

El hecho de que todos ejercitemos el acto de compartir, así sea solamente el carro en los días de restricción, justifica la medida. No se sabe aún cuánto aportará para mitigar el nudo vehicular, pero sí pondrá obligatoriamente otro ladrillo en la necesaria construcción de la Convivencia Ciudadana que tanta falta nos hace.

Leonor Noguera Sayer. Bogotá.

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