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Hace ocho días se apagó la llama olímpica y ya es tiempo de comenzar a reflexionar sobre ese magno acontecimiento.
Es fácil constatar, por ejemplo, que tal vez es el único evento realmente planetario en la actualidad. Se convocó a todos los países y, con las reservas de algunos grupos de personas, asistieron. Ninguna actividad, sea religiosa, política o cultural, tiene hoy ese poder de convocatoria.
Ya en pleno siglo XXI, se puede avizorar que la religión ha venido fracasando como mensajero de unidad del género humano. Los acontecimientos diarios y la historia demuestran que ha sido factor de desunión; más aún, para grandes y numerosos conglomerados humanos, fuente de dolor y de exclusión. Sus idearios han demostrado ser utopías, en la acepción de metas por alcanzar, a las cuales nunca se llega.
La cultura sigue siendo, puede decirse que por definición, localista o regionalista. El gusto estético y la aprehensión de las infinitas facetas de la realidad son actos individuales. Sólo así el arte puede “pretender” ser universal. Encadenado a tal paradoja permanecerá quién sabe aún por cuánto tiempo más. El instinto gregario del homus erectus, que se explicita hoy como nunca en las grandes multitudes en los estadios deportivos, le es ajeno a la mayoría de las artes, salvo a la música.
¿De la política y del comercio? Los logros de la humanidad, en estos campos, desde la aparición de la escritura, han sido usados de manera preferente contra las “aspiraciones más profundas” del ser humano. Para ser breves, sobre temas tan controversiales, a mi parecer Aldous Huxley lo sintetizó de manera admirable cuando escribió: “Uno no puede consumir demasiado si se queda tranquilamente sentado (en casa) leyendo libros”.
El deporte, una de las actividades humanas más antiguas —de hecho el registro de la primera olimpiada data del siglo sexto antes de nuestra era—, sólo ha buscado el perfeccionamiento del ser humano sin más premio que la propia satisfacción de sentirse bien. Concuerda con sus inclinaciones más íntimas del goce de los sentidos, la satisfacción sin dolor y el reconocimiento de sus semejantes. El ideario, reducido a una meta única, es ser cada vez más veloz o saltar más alto: nada puede ser más simple o más comprensible para un ser humano, a la par de excitante y prometedor de mayores goces. Retos que dependen enteramente de él y cuyos récords están aquí y ahora.
Siempre ha sido un arte difícil para todos los mortales, por la disciplina, constancia y fracasos inherentes a toda competencia regida en parte por el azar, ofreciéndose como un sustituto a los avatares de la guerra.
Desde las primeras olimpiadas ha existido una regla axial: el vencedor sólo obtiene el reconocimiento de ser el mejor; el vencido, la posibilidad de lograrlo más adelante. Nadie lo será para siempre, como lo es la vida misma. Si bien las olimpiadas estuvieron marcadas desde sus inicios por los prejuicios de su tiempo, la modernidad ha sido el escenario ideal para demostrar la radical igualdad del género humano.
Por ejemplo, si en un comienzo las mujeres estuvieron excluidas de las olimpiadas modernas (Pierre de Coubertin, su fundador, había dicho en 1912: “el deporte femenino es contrario a las leyes de la naturaleza”), esto fue tan rápidamente superado que hoy ya nadie lo recuerda. Nada más aleccionador para el presente y el futuro que el derecho a subir al podio de los vencedores en la ceremonia de clausura hubiese estado reservado a los ganadores de la maratón, todos ellos de África, del llamado “tercer mundo”. Un mundo que “está en el infierno y de ahí no saldrá”, al decir del historiador inglés Paul Kennedy.
El resonante éxito de las olimpiadas de 2008 puede explicarse, además, por la coincidencia de realizarse en el pueblo más numeroso de la Tierra y por sus rasgos culturales. Lugar privilegiado donde el sonido ancestral de los tambores unidos a los gritos secos de los percusionistas, donde las artes marciales, las danzas y el canto han sido por milenios cultivados para permitir un nivel de percepción que garantice a las multitudes el goce gregario más sublimado posible y la plena satisfacción de unos instintos ya presentes en las etapas pre-homínidas.
De aquí puede deducirse, si estas ideas tienen algo de veracidad, que el deporte olímpico une todo el pasado de la humanidad al presente, en la forma más elaborada y culta posible. Tal puede ser la explicación de su fortaleza y vitalidad. Y de la fascinación que ejerció, aun a la distancia, sobre prácticamente todos nosotros, habitantes de la Tierra.
Luis Alberto Arenas V. Bogotá.
Hay que diferenciar
Lo primero que habría que tener en cuenta respecto del encuentro del Secretario Jurídico y el de Prensa de la Presidencia con el abogado de Don Berna y con alias Job, sería bajar el calibre de las caracterizaciones generales y, sólo por elemental justicia, diferenciar entre el abogado y el criminal. El primero, creo, con apego a la ley, es un profesional que está asistiendo jurídicamente a un delincuente y, mientras no se demuestre lo contrario, es un ciudadano de bien. Así para muchos esté “en el lugar equivocado”. Y lo segundo es llamar la atención sobre el hecho cierto de que luego de esa visita no clandestina de alias Job a la Presidencia de la República, fue asesinado en Medellín.
Bayardo Arizmendi. Medellín.
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